martes, 1 de octubre de 2019

Uno de octubre

Estoy tan cansado que me iría a la cama ahora mismo. Pero sé que a las cuatro de la mañana me despertaría como un robot y tendría problemas. Debo aguantar despierto al menos hasta las diez y media o las once, y cenar algo: queso, escalivada, pan con tomate, cualquier cosa. No tengo ganas de cocinar.

Maite y yo hemos hecho un video por WhatsApp con Paula en Bergen, Noruega. Por fin ha alquilado un pequeño apartamento a pie de calle después de tantos años alquilando habitación en pisos compartidos. Nos lo ha enseñado: su recibidor de madera donde dejar abrigos y calzado, una sala relativamente grande, el dormitorio, la cocina, el cuarto de baño. Su primera vivienda para ella sola. Estaba agotada por la mudanza pero muy ilusionada. Eso sí, como su casa está a la altura de la acera se pondrá cortinas. En eso se nota que no es noruega. Cuando fuimos a visitarla el verano del año pasado caminábamos por las calles y podíamos ver a través de las ventanas la actividad cotidiana de los habitantes de las casas: un señor leyendo el periódico en la mesa de la cocina mientras su mujer preparaba la cena, etcétera. Ellos no tienen problema alguno porque no saben que los españoles somos unos cotillas que miramos asombrados las vidas de la gente que no tiene ni persianas ni cortinas en sus ventanas. Me sucedió también en Londres. Pero Paula pondrá cortinas. Nos ha dicho: ver pasar sombras junto a la ventana me pone nerviosa. Culturas.

Mi mano derecha está firme como la de una estatua, pero la izquierda me tiembla de un modo extraño. Tengo las cervicales del cuello hechas polvo tras años de rotación entre la pantalla del ordenador, los usuarios, las impresoras y el escáner. Tal vez toque otra tanda de fisioterapia, pero estoy tan harto de médicos... El día termina. Al empezar a escribir pensé que hoy no había pasado nada, pero me doy cuenta de que eso es literalmente imposible, absolutamente imposible si estás vivo.