sábado, 26 de octubre de 2019

Veintiséis de octubre

Conduciendo al anochecer entre Barbastro y Zaragoza nos acompañaba Venus en el cielo. La primera y la última luz en cielo. El lucero del alba y del atardecer. Al salir de la autovía durante el tramo de Huesca ha pasado de estar a mi izquierda a brillar frente a mí ligeramente en la esquina del parabrisas. Venus. El segundo planeta más cercano al sol. No una estrella, no una fuente de energía atómica sino un planeta más o menos como el nuestro, rocoso, sólido. Veía el reflejo de la luz de nuestra estrella en su superficie, no su inexistente radiación. Estas cosas me colocan en mi sitio.

Maite, que está muy acatarrada, dormía en el asiento de al lado. Poco a poco, kilómetro a kilómetro, la noche se apropiaba del mundo. He pensado en nuestro hijo en Chile, en su jet lag; he pensado en nuestra hija en Alicante, que mañana volará a su pequeño apartamento en Bergen, en Noruega. La vida, a nada que te alejas metro y medio, es tan rara. Aunque lo que es importante saber es que, suceda lo suceda, lo hace en un planeta tan real como Venus, que brillaba en la noche mientras los faros de nuestra querida y vieja Picasso iluminaban la carretera. Quién sabe, tal vez la Tierra brilla lejana en la mirada de alguien o algo, muy lejos.