lunes, 28 de octubre de 2019

Veintiocho de octubre

Querer y ser querido. Siempre he pensado que eso justificaba una vida. A pesar de que ayer tu marido de treinta y seis años muriese de un infarto de miocardio súbito frente a ti y sus hijos pequeños, entre catorce y cuatro años.

No ha sido una reacción profesional, pero se me han escapado unas lágrimas junto a la joven viuda destrozada y su prima, que, oportunamente, hacía de secretaria dura, tragando saliva a cada segundo. Pero cómo lloraba la viuda. La conocía de Barbastro. Aquí todos nos conocemos más o menos. Hoy me ha tocado asistir, como otras veces, a la pena infinita de ver cómo un futuro se truncaba de improviso.

Hace mucho rato que es de noche. Las lluvias pasadas se llevaron las algas putrefactas del río que corre frente a mi casa y ahora el agua fluye transparente y limpia. Nuestro edificio gira lentamente, tan lentamente que no nos damos cuenta, hacia el amanecer que aparecerá por el este. Vive. Carpe diem. Duerme y despierta. En realidad nada importa en serio. Amar y ser amado. Siquiera una vez.