lunes, 29 de julio de 2019

Veintinueve de julio

He llamado a mi madre porque hoy cumplía ochenta años y, sobre todo, porque la amo. Estaba muy contenta a pesar de su precario estado de salud. Ayer mismo, sin ir más lejos, estuvo en urgencias por un dolor intestinal agudo. Le dijo al médico de urgencias que mañana, por hoy, cumplía ochenta años, y que esperaba cumplirlos. El médico, mucho más joven que sus hijos, se rió. Y ella, a quien con una inyección ya le habían borrado el dolor de la tripa, se rió también. Las cosas, desde el día en el que amanecemos al mundo, comienzan a precipitarse sin remedio hacia su final.

Mientras hablaba con ella su voz vibraba de un modo especial. Estaba tan contenta. Ochenta años. El próximo sábado nos reuniremos todos para celebrarlo en mi pueblo de nacimiento, en Navarra, el pueblo de mis padres y sus padres y los padres de sus padres.

Estaba tan contenta. Hemos conversado un buen rato. Mi madre dice que ya puede morirse tranquila, y, como la conozco, sé que lo dice en serio. Pero ninguno de sus hijos queremos que se muera tal y como está ahora. Y sé lo que acabo de pronunciar en voz alta, soy perfectamente consciente de ello. Todos deberíamos serlo.

Es momento de celebración. Ayer estaba en urgencias y hoy era feliz recibiendo tantas llamadas de teléfono y tantas felicitaciones. Mis padres son una de las mejores cosas que me han sucedido en la vida, bueno: ellos me trajeron a esta realidad maravillosa y dura a la vez.

De mi padre he intentado heredar, no siempre con éxito, la honestidad extrema, sin titubeos ni dudas, la paciencia, la bondad, la generosidad, saber callar cuando hablar no aporta nada a una discusión, etcétera; de mi madre no he podido evitar el genio inesperado, la rebeldía, el no saber callar cuando las palabras brotan de tu garganta sin filtros, tal vez cierta maravillosa inteligencia de origen puramente natural y una curiosidad abierta a todo, sin prejuicios.

Son, Jesús Miramón y Nati Arcos, tal para cual, complementarios. Y yo soy su hijo, y con los años voy identificando perfectamente su herencia en mí. En mí y en quienes me rodean diariamente. Puedo sentir su herencia en mis hijos, en mis hermanos, incluso en mis sobrinos y sobrinas. Qué milagro.