viernes, 7 de mayo de 2010

Neandertales

Leo que en el ADN de los seres humanos modernos, exceptuando las poblaciones subsaharianas, existe entre un uno y un cuatro por ciento de información genética neandertal. Así pues nuestros antecesores tuvieron relaciones sexuales con los neandertales dando a luz híbridos fértiles. Es una información que, no sé por qué, me conmueve especialmente. Qué apropiada noticia hubiera sido para el Cuaderno de un hombre de cromañón.

22 comentarios:

NáN dijo...

Todos podemos presumir de pertenecer a una familia antigua. Nadie puede aparecer de la nada, por ejemplo en el siglo XIX.

Y de que nuestros tatatatarabuelitos se rompían el cráneo unos a otros con huesos, no cabe duda, viendo a nuestros contemporáneos.

Aún así, hay quienes parecen haber "tapado" la eficacia de esos genes. Hay desarrollo.

Jesús Miramón dijo...

Lo que esta noticia significa es que el hombre de Neandertal no se extinguió totalmente de la faz de la tierra, algo de su raza fluye en nuestra sangre y quién sabe si en nuestro pensamiento.

Ofelia dijo...

Me alegro que a tu ADN le diera por recoger tus memorias neandertales. ¿Está publicado?
Besos ancestrales**

Jesús Miramón dijo...

Hola, Ofelia,

bueno, el Cuaderno de un hombre de cromañón está publicado... aquí, en la columna de la derecha de Las cinco estaciones, justo debajo de Innisfree. Son el resultado de mis dos blogs anteriores, un destilado, por decirlo así.

Beso neandertal.

José Luis Ríos dijo...

Te leía cuando hacías Cuaderno de un hombre de Cromañon, pero también antes, cuando hacías Innisfree. Es una tontería pero lo voy a decir: qué rápido pasa el tiempo. Da igual, aquí estamos.

Abrazos

Jesús Miramón dijo...

Es cierto, José Luis, el tiempo, más que pasar, se precipita (a la misma velocidad que nosotros). Un abrazo.

NáN dijo...

Mira a la juventud, cómo presume de viejales.

Algo muy tierno, sí, tenía que haber en aquellos antepasados sobrecogidos por el miedo, para que se produjeran los griegos y el Renacimiento.

Jesús Miramón dijo...

MEMORIA DE CROMAÑÓN (1)

Desde que el tiempo es tiempo los rebaños cruzaron aquella vaguada al comienzo de las primeras nieves. Con la ayuda del fuego y los gritos las bestias caían en el barranco, proveyéndonos de carne para todo el invierno. Siempre fue así y los antiguos pintores lo plasmaron en lo más profundo de las cuevas, pero en los últimos años las manadas que acuden a nuestros dientes son cada vez más pequeñas, tan pequeñas que no desechamos nada: ni pezuñas ni intestinos ni otras partes que nuestros antepasados no comieron jamás. Voces juveniles hablan de abandonar la tierra de nuestra sangre, no sienten respeto ni miedo a los pálidos hombres perro, los dueños de los territorios del sur. Dicen: “No saben hablar, sólo roncan despiertos”. Dicen: “Sus mujeres son blancas y feas como tubérculos”. Dicen: “Huirán de nosotros como siempre lo hicieron”. Así hablan los jóvenes, enardecidos.

Yo no conozco el futuro, ignoro si partir es una buena idea. He visto cuarenta y dos inviernos, no hay nadie más viejo que yo en la tribu, y me siento muy cansado. En los últimos meses me limito a venir aquí a recordar: me siento en esta roca y contemplo cómo caen las hojas de los árboles en la ribera del río, cómo alguna de ellas va a posarse sobre el agua que rápidamente se la lleva corriente abajo.

Jesús Miramón dijo...

MEMORIA DE CROMAÑÓN (2)

Recuerdo la primera vez que vi un hombre perro: yo era joven entonces y perseguía con paso regular las huellas de un bisonte que había herido mi lanza el día anterior. Cuando, siguiendo su rastro, llegué al animal tendido en el suelo, vivo pero rendido ya a la muerte, me topé de repente con aquel ser. Era el protagonista de los cuentos de miedo de mi madre: “si no vas a traerme agua vendrán los hombres pálidos y te llevarán con ellos, si no comes vendrá el monstruo pálido y él te comerá a ti”. Pero no me comió. En realidad parecía haberse asustado tanto como yo y se quedó quieto entre la sombra de las ramas de los abedules. Los mugidos del buey, tumbado en la hierba con la punta de mi lanza clavada en el costado, no podían ahogar el retumbar acelerado de mi corazón en los oídos. Nos quedamos mirándonos durante mucho rato. Lo que más llamó mi atención fue su piel tan blanca, como de leche, y sus ojos azules, hundidos en unas cuencas profundas. Reuniendo fuerzas le hablé con el saludo de mi pueblo: “Que el día te sea propicio”, dije, y, para mi sorpresa, los gruesos músculos de su espalda se tensaron repentinamente, así como los de sus brazos y piernas. Soy cazador y supe que él, a pesar de su menor estatura, era más fuerte que yo. “Que el día te sea propicio”, repetí al tiempo que, aterrorizado, me disponía a luchar por mi presa. Él permaneció inmóvil a la sombra de los árboles, el manojo de largos venablos en su mano derecha, y a continuación, sin decir nada, desapareció retrocediendo en dos zancadas. Me mantuve quieto y asustado durante mucho tiempo, tratando de adivinar el ataque que nunca se produjo. El bisonte resollaba. Las nubes se deslizaban rápidas sobre la tierra. Vencí finalmente mi pavor, me acerqué al animal y lo maté.

Voces jóvenes hablan de ocupar otros valles, los territorios de los robustos hombres pálidos de ojos azules y rostro de oso. Dicen que no lucharán, que siempre nos rehuyen, que en realidad no son humanos como nosotros. Es cierto que los rebaños que antes nos alimentaban ahora escasean, los cazadores han de caminar durante muchos días para encontrar comida, se quejan de tanto esfuerzo y dicen, con razón, que llegará el tiempo en el que la carne arribe podrida al poblado. De los hombres pálidos sólo encuentran fogatas apagadas a la entrada de sus cuevas abandonadas precipitadamente. Acaso es cierto que siempre huirán.

Yo no conozco el futuro, ignoro qué nos espera a humanos, nubes, insectos, peces, pájaros y rocas; qué les espera a los hombres perro de piel de leche y ojos glaucos. Ahora que las fuerzas me abandonan vengo a la orilla del río y contemplo cómo llueven las hojas de los árboles sobre la hierba, cómo a veces alguna cae en el agua haciéndola temblar un instante, y después es arrastrada suavemente por la corriente. No, no conozco el futuro de mi pueblo ni del mundo, sólo que mi hora está próxima. Soy el bisonte tumbado en el suelo, vivo pero ya rendido. Ella, la cazadora de pasos sigilosos, se acerca silenciosamente a mí con la lanza de hielo en ristre y una mueca de deseo en sus labios de ceniza.

Del Cuaderno de un hombre de cromañón, octubre de 2005.

Jesús Miramón dijo...

A la luz de lo que sabemos hoy un día de estos escribiré un cuento diferente.

Ofelia dijo...

Hola Jesús,
hay frases que alcanzan el alma de un modo inexplicable. Estaba leyendo Innisfree y ya llevaba un cuarto de libro (la aparente sencillez de tu prosa es adictiva), cuando me he dado cuenta de que una frase peregrina ocupaba un espacio considerable de mi mente: "una armonía a mi alcance" (después del ensayo).

Me voy a dormir con ella. Buenas noches, escritor.

Jesús Miramón dijo...

Gracias, Ofelia, bona nit.

Luna dijo...

Cuando llegué a tu blog - hace bastante tiempo- me atrajo el día a día que sueles escribir y que tanto me gusta.
Unos días después pinché en la foto que me parecía tan misteriosa y me encontré con Innisfree y disfruté muchísimo leyendo una y otra vez.

Pasé al hombre de cromañón y volvió a pasar lo mismo: leer y leer una y otra vez.

No opino mucho y aunque te lo he dicho muchas veces, vuelvo a repetirlo.
Leer esas pequeñas y sencilla historias del día a día en el Mundo loco en que se vive, es un placer muy grande.

Saludos

Jesús Miramón dijo...

Muchísimas gracias, Luna, no sabes -no sabéis- lo abrumadoramente feliz que me siento al leer estos comentarios. Porque uno escribe para explorar, para articular el pensamiento, para cartografiar, dar testimonio, retratar, divagar, desvelar; pero publicar, en mi caso a través de mis diarios en internet, publicar se hace para compartir, para tratar de alcanzar alguna vez el núcleo del corazón o el cerebro de otra persona. Cuando me decís que en ocasiones os da placer leer lo que escribo no sé dónde meterme, es cierto, pero al mismo tiempo me siento total y absolutamente cumplido, es una dicha muy grande la que siento, y por una vez no me da vergüenza decirlo en voz alta. Gracias, muchísimas gracias a vosotros. Besos.

Miguel Baquero dijo...

Incluso hay alguno más neandertal que otro... y no es un chiste. Creo que hay un método, en la forma de cruzar los brazos o en la de doblar la lengua, que permite distinguir esta preponderacia de lo neandertal

Jesús Miramón dijo...

Mi trabajo consiste básicamente en hablar con personas, y cada día pasan decenas delante de mí. Te aseguro, Miguel, que he visto preponderancias de neandertal, de erectus, de pitecántropo y hasta de australopitecus.

:-)

NáN dijo...

2 memorias tan delicadas, Jesús. Desde el infinito pasado salieron ya dos vertientes del ser, la dulce y la amarga. De tus escritos, en boca de un neandertal o en la tuya de hoy, siempre nos llega el rumor de lo dulce.

Que aprecio en lo que vale, compartiendo yo una mezcla perfecta de las dos.

Jesús Miramón dijo...

Gracias, Nán, un abrazo (y felicidades de nuevo).

Portorosa dijo...

Y, cambiando un poco la lectura, ¿esa diferencia entre los subsaharianos y el resto significará algo?

Un abrazo.

Jesús Miramón dijo...

Claro, Porto, significa ni más ni menos que los antecesores de los habitantes del África subsahariana nunca salieron de allí y, por tanto, no se cruzaron con los neandertales. En ese sentido ellos son homo sapiens «puros» en el sentido más absurdo y racista de la palabra. En los enlaces que dejé en el texto se explica todo muy bien, te los recomiendo. Un abrazo.

Gemma dijo...

Estimado Jesús,
a lo mejor te hace gracia leer esta entrada.
A mí me gustaron mucho las tuyas, y también me alegró saber que no se habían extinguido sin mezclarse con nosotros, tras leer la noticia, ya ves qué cosas.
Un abrazo

Jesús Miramón dijo...

Hola, Gemma, allí te he dejado un comentario. Yo también me alegro de saber que los hombres y mujeres neandertales se cruzaron con los hombres y mujeres llegados del sur dando lugar a seres humanos nuevos, cuyo rastro podemos seguir en nuestros genes. Un abrazo.