lunes, 17 de diciembre de 2012

Sólo una estrella

Ayer mi coro ofreció el tradicional concierto de Navidad de cada año. Normalmente soy yo el encargado de transportar nuestro material y esta vez no fue la excepción. Tras dejar todas las cosas en la iglesia de San Pedro subí de nuevo a mi Picasso para aparcarla bien y al dar la vuelta a la plaza descubrí a mi hijo en el portal de una casa junto a cuatro o cinco adolescentes más. Estaban allí sentados a resguardo de la lluvia, serios, aburridos, resignados como viejos jefes sioux, y antes de dejarles atrás creí atisbar, durante un instante, la verdadera naturaleza de su momento. ¿Puedes imaginar el color y la velocidad de la tarde de un domingo lluvioso de diciembre a los quince años de edad en un pueblo sin cine siquiera? Sólo una brillante estrella en el cielo sería una novedad.

13 comentarios:

Ángela dijo...

No, no puedo imaginarlo porque yo crecí en Madrid. Pero el cine, aunque existiera, no estaba a nuestro alcance muy frecuentemente. La mayor parte del tiempo lo pasábamos haciendo el ganso, porque no teníamos dinero para otra cosa. Yo creo que una de las mayores diferencias entre mi tiempo de adolescencia y el tiempo de los adolescentes de ahora es que nosotros nos cuidábamos muy mucho de que nuestros padres supieran nada de nuestra vida.
- ¿Dónde has estado?
- Por ahí.
- ¿Con quién?
- Con mis amigas.
- ¿Y qué habéis hecho?
- Nada, dar una vuelta.
Fin.

Epolenep dijo...

Qué poder de evocación, Jesús... y Ángela también! No sé si al ver adolescents proyecto mi propia experiencia, pero el suyo es un mirar, un estar, que me parece tan melancólico, tan serio y triste haya cine o no lo haya! Un petó!

A filla do mar dijo...

La adolescencia fue para mí una época terrible, llena de dolor, de vergüenza, de inseguridad y de miedo.

Tuve una adolescencia de libro...
A veces tengo la sensación de no haberla superado todavía.

molinos dijo...

Yo también tuve una adolescencia absurda...y vivía en Madrid. Pero la esencia de ser adolescente es aburrirse como defensa al miedo que te da todo.

Elvira dijo...

Sí, en la adolescencia te queda pequeña la vida de niño y te queda grande la vida de adulto. Estás como en tierra de nadie. He pasado 27 años de mi vida rodeada de adolescentes y era duro, para ellos y para los profesores y padres. Quieres hacer más por ayudarles, y no puedes.. Solo puedes estar ahí, disponible, asequible, y cuando quieran o puedan, te encontrarán.

Un beso

José Luis Ríos Gabás dijo...

Lo hemos hablado otras veces tú y yo, medio en broma: del color y la velocidad de Chernóbil.

Un abrazo

Portorosa dijo...

Qué edad tan difícil. También para los que los quieren.

Me parece una situación muy triste. Seguramente porque pongo cosas de mi propia cosecha.

¿Te sentiste lejos de él? No tienes por qué contestar, por supuesto.

Un abrazo. Y otro a C.

Jesús Miramón dijo...

Me sentí a años luz de él, Porto, y al mismo tiempo a años luz del adolescente que fui.

Oh, sí, José Luis, Chernobil. Pero yo he sido muy feliz en esta Chernobil.

Yo siempre estoy disponible, Elvira, lo que sucede es que ahora mismo ni quiere ni puede acercarse.

Moli, que teníamos miedo se sabe después, al cabo de muchos años. En su momento lo que sentimos es una poderosa sensación de inmortalidad e inconsciencia.

La mía, Filla, fue complicada pero creo que bastante menos complicada que la de mi hijo.

Un petó, Epo. La evocación es importante para no olvidar.

Ángela, te aseguro que en la actualidad los adolescentes también procuran que los padres no nos enteremos de nada de lo que hacen...

Un abrazo a todos.

NáN dijo...

La viví totalmente apartado del mundo adulto y me aburrí y divertí del mismo modo que en una gripe tiemblas de frío y diez minutos después te asas de calor.

Podría decirse que los adolescentes son unos "buenas piezas", pero como ha dicho alguien, han dejado de pertenecer a un mundo y todavía no pertenecen al otro. Son solo miembros de una tribu en la que el más sabio de todos no entiende nada de la vida.

Además, creo que en un pueblo las cosas ya no son como eran: no tienen nada para hacer, pero por los medios de comunicación se les abre un mundo fantástico al que no tienen acceso.

Como te han dicho, estar ahí cuando abran los ojos.

Un fuerte abrazo

Jesús Miramón dijo...

Fronteras entre dos mundos, tribus desorientadas, cabos de Hornos... La adolescencia de mi hija fue una balsa de aceite y ahora es como si C. fuese hijo único. Mi hermano me decía el otro día por teléfono: "¿Creías que te ibas a escapar?".

Un abrazo, Nano, y sí, estaré -estaremos- ahí cuando regrese.

Paco Principiante dijo...

Pues esas tardes de charla al cobijo de un portal yo las recuerdo con mucha añoranza.

Yo soy de los que piensa que hay que saber también aburrirse.

Jesús Miramón dijo...

Paco, yo no siento ninguna añoranza de mi adolescencia: fue, como decía Moli, absurda y también desorientada, sufriente, llena de algunos pocos aciertos y miles de errores, penosa, estéril y solitaria. Jamás, jamás querría volver a aquella época. Ni harto de whisky.

Eso sí, coincido contigo en lo que comentas sobre el aburrimiento: hay que saber aburrirse. Zen.

Un abrazo.

Portorosa dijo...

La posibilidad de ver a mis propios hijos, un día, como extraños (y no digo que haya sido el caso), es una de las muchas que me asustan.

Un abrazo.