miércoles, 25 de marzo de 2015

Y absurdo

Ayer a las siete menos diez de la mañana mi hijo Carlos, de diecisiete años, se alejaba de Barbastro en autobús rumbo a Barcelona, de donde partía su vuelo a Pisa, Italia, país en el que va a vivir durante tres meses realizando las prácticas del final de su grado medio de agente forestal.

Alguien en el trabajo comentó, hacia las doce o doce y media, que un avión con salida desde Barcelona se había estrellado en los Alpes franceses. Mi hijo no podía viajar en él porque a esas horas su vuelo todavía no había despegado, pero antes de caer en ello mi cuerpo sufrió un vuelco, un súbito retorcimiento de tripas, un dolor perplejo del que me costó muchas horas recuperarme.

Otros hijos de otros padres murieron ayer por la mañana, y durante unos segundos, al conocer la noticia, antes del mezquino alivio de saber que el mío no era uno de ellos, sentí todo su dolor descomunal, el golpe frontal, la negación inicial, la desesperación de estar viviendo una pesadilla convertida abruptamente en realidad.

Ha pasado un día y una vez más trato de frenar mi imaginación, inútil y estéril en estas circunstancias.  Mientras escribo estas palabras desde la seguridad de un presente más frágil de lo que seguramente estamos dispuestos a aceptar,  familias destrozadas por el dolor viajan hacia las montañas donde se estrelló el avión.

Qué sólido mundo, y absurdo.