viernes, 26 de junio de 2015

Calima

El ventilador gira de un lado al otro de la sala mientras el sol, antes de desaparecer, ilumina la fachada del edificio al otro lado de la calle convirtiéndolo en el último palacio de la civilización humana.

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Mi hijo, que regresó de Italia la semana pasada sin haber perdido su extraordinario poder para crear caos y entropía a su alrededor sin mover más dedos que los necesarios para jugar a la PlayStation, me vuelve un poco Abraham con el cuchillo en alto y, por extraño que parezca, también un poco Yahvé en toda su imaginaria crueldad.

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Sé que las cosas son más sencillas. El otro día fui a dar un paseo por el campo antes de trabajar y a unos veinte metros de distancia dos raposas cruzaron velozmente el camino atravesando la calima del amanecer.