martes, 7 de febrero de 2017

Sin dejar rastro alguno

En los países pobres las personas nacen y mueren sin dejar rastro alguno. No hay registros civiles, no hay juzgados, no hay un control de la población. Si uno muere antes de hacerse adulto ni siquiera queda un recuerdo social que, por otra parte, se extinguirá rápidamente generación tras generación hasta desaparecer.

En los países ricos las personas nacen y mueren registrados por juzgados civiles. Certificados de nacimiento, certificados de matrimonio, certificados de defunción. Estadísticas. Pirámides de población. Estimaciones demográficas. En los países ricos las personas nacen y mueren dejando un rastro burocrático sin fin: puntos del carnet del conducir, empadronamientos, antecedentes penales, premios literarios, páginas web, fotografías en Instagram.

Pero una cosa es cierta: también las generaciones de los países ricos se extinguirán, pues a menos que podamos exportar nuestros cuerpos o nuestra inteligencia y sus recuerdos a recipientes que puedan huir de este planeta sin dañarlos, no habremos sido sino el brillo de una luciérnaga al otro lado del río. Sólo eso.

Tanta ambición, tanta pompa, tanta ridícula importancia. Cada uno de nosotros seremos el tembloroso fulgor de la última brasa del último fuego antes de desaparecer definitivamente en la oscuridad, aunque seamos enterrados o incinerados con nombres y apellidos, y música probablemente, y las lágrimas de algunas decenas de personas que nos recordarán durante años en forma de fotografías, vídeos y recuerdos.

En los países pobres las personas nacen y mueren sin dejar rastro alguno. Es algo que me conmueve profundamente y que sucede diariamente. No hay registros civiles ni juzgados, a menudo ni siquiera imágenes familiares. Para la miseria heredada durante generaciones las fotografías son un lujo fuera de su alcance; alguna vez, como mucho, aparece la figura de un alumno perplejo delante de un mapa colgado en la pared y poca cosa más. Pero, por mucho que lo parezcan en esas imágenes de color sepia, no son espectros, no son zombis, no son conjuntos de músculos sin esperanzas, frustraciones, miedo y terror al agua negra y helada que los engullirá sin piedad.

En el mar las personas desaparecen sin dejar rastro alguno. Nada de su valentía, nada de su solidaridad o mezquindad durante la travesía, nada de sus amores de adolescencia, nada de las discusiones con sus padres y hermanos dejará rastro alguno, nada de sus momentos de soledad bajo un cielo tan limpio y cubierto de estrellas que no podemos ni imaginar.

6 comentarios:

Portorosa dijo...

Qué casualidad: aunque no es exactamente lo mismo, el artículo de esta semana -y que mandé ayer por la tarde- se titula "Un rastro", y tiene algo que ver.

Lo de que en otros planetas no repetiremos los errores cometidos en la Tierra (Viajeros del tiempo) es tu versión optimista, ¿no?

Un abrazo.

Jesús Miramón dijo...

Ah, pues lo leeré con gusto (como leo todos). El post de anoche me lo inspiró las declaraciones de un voluntario de Amnistía Internacional que declaraba exactamente la primera frase: En los países pobres las personas nacen y mueren sin dejar rastro alguno. A partir de ahí el resto es todo mío.

Respecto al futuro de nuestra especie soy absolutamente bipolar: a veces no veo otra opción que no sea nuestra autoextinción viendo las cosas que hacemos y a la velocidad a la que las hacemos, y otras veces pienso que alguien que es capaz de vivir en el Sáhara y en el Ártico será capaz de adaptarse a lo que venga y, mientras tanto, acaso de cambiar de hábitos y recuperar algo así como cierta cordura común.

Pensar que seamos capaces de colonizar otros planetas me apasiona desde que era un niño pequeño, pero es que además esos viajes espaciales son el único futuro posible a largo plazo.

Un abrazo, Porto.

JL Ríos dijo...

Estoy leyendo "Voces de Chernóbil", un libro que me parece más que importante, si es que se puede decir algo. Me parece entender que el cesio y el estroncio permanecerán muchos años después de que nosotros hayamos desaparecido. Leyendo ese libro el sentido del tiempo cambia.

Un abrazo

Jesús Miramón dijo...

José Luis y demás amigos y amigas, a propósito de la energía nuclear y sus residuos, por favor, si no lo habéis visto mirad este documental sobre el cementerio que se está construyendo en Onkalo en Finlandia. Un cementerio en una veta inmensa de roca que debería aislar la basura nuclear durante toda la eternidad. Dura algo más de una hora pero os aseguro que merece la pena. Está subtitulado en castellano:

Hacia la eternidad

Un abrazo.

JL Ríos dijo...

Lo miraré, Jesús, sin duda. Muchas gracias.

JL Ríos dijo...

Lo vi anteayer, y me parece muy interesante, preocupante, también. Se trata sólo de Finlandia, por ahora. No sé si puede permanecer inalterable y sin intervención humana, deseada o casual, tanto tiempo. Pero hay que pensar en ello. Le pasé el enlace a mi hijo también, y estoy acabando "Voces de Chernóbil", uno de los libros que más me están gustando de los últimos que he leído.

Un abrazo