lunes, 16 de noviembre de 2015

Fuurin

FUURIN

La pequeña campana cuelga en el picaporte de la puerta del salón, así que cada vez que entro y salgo su sonido inocente aleja de la casa cualquier atisbo de desesperanza. Es pequeña, de bronce, muy bonita, un regalo de Paula cuando volvió de Japón. Se llama fuurin, «campanilla de viento». Existe la creencia de que allí donde suena nunca sucederán catástrofes.

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Cuando Carlos regresó a casa de madrugada, tan tarde como cualquier otro viernes, yo todavía estaba despierto. En realidad me había acostado muy pronto, hacia las diez y media o las once de la noche, pero antes de dormir había querido leer las últimas noticias y esa decisión me había mantenido despierto siguiendo los trágicos acontecimientos. Le dije: «Los yihadistas han atentado en París, han asesinado a mucha gente». Mi hijo me miró con sus ojos brillantes de viernes por la noche y rápidamente se dirigió al ordenador para informarse de lo que había sucedido.

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Por la mañana fui a buscar a Maite a la estación de autobuses. Caminaba a través de la pacífica y provinciana ciudad, mal dormido y sin dejar de pensar en lo que había sucedido en el corazón de Europa. En la plaza del Mercado, como cada sábado, se habían instalado las pintorescas paradas de verduras de los hortelanos de la zona, una costumbre mantenida milagrosamente, semana tras semana, siglo tras siglo, desde la Edad Media.

Ella llegó y la abracé como un oso, besándola y tratando de disimular inútilmente mi angustia –pero ella me conoce demasiado bien. Después volvimos a casa, bueno: a una de las dos casas que actualmente podemos considerar nuestras mientras las circunstancias nos impiden reagruparnos.

Al entrar al salón del pequeño apartamento de Barbastro la campanilla japonesa nos puso inmediatamente a salvo.

GUERRA

Hace muchos años que estamos en guerra, y lo que nos enfrenta es tan terrible, tan cruel hasta niveles caricaturescos, tan obsceno, pornográfico, sanguinario, surrealista, que nuestro sentido de la realidad se empeña en negarlo, se empeña en buscar argumentos políticos, sociológicos, económicos, antropológicos. Religiosos.

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Un hombre camina pausadamente por el centro de una calle europea disparando a diestro y siniestro, deteniéndose a rematar a los heridos. Su dios es el único dios. Si muere irá al paraíso y, mientras tanto, su deber es ejecutar al máximo número de inocentes posibles. Idólatras. Cruzados. Apóstatas.

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No ignoro las pocilgas de polvo y hormigón en las que son sometidos los palestinos. Territorios de escombro y basura. Niños disfrazados de soldados con ametralladoras de juguete y pañuelos negros en la frente. Nunca se sabrá cuántos de los muertos en París apoyaban la causa palestina. Están muertos.

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Estamos en guerra. En guerra contra los decapitadores, en guerra contra quienes venden como esclavas a las mujeres no musulmanas y, al mismo tiempo, convierten en esclavas de facto a las mujeres musulmanas que se ofrecen voluntariamente como ofrendas de la yihab. Estamos en guerra contra los que convierten el asesinato más abyecto en un vídeo de youtube, pensando que semejantes horrores harán que nos atemorizemos. Y sí, nos aterrorizan, su encarnizamiento no es de este mundo, pero es tanta la maldad, tanta la crueldad, que no provoca más intención en nuestro espíritu, tan poderoso como su odio, que combatirlo.