martes, 22 de noviembre de 2016

Honor

Como no ha dejado de llover desde ayer por la mañana, el río Vero, convenientemente encauzado por una obra civil de hormigón armado y laderas artificiales cubiertas de hierba salvaje frente a mi casa, fluye a toda velocidad hacia ríos más grandes y finalmente el mar.

Sus aguas descienden marrones como cacao con leche. Al otro lado de la orilla hay un grupo grande de árboles y arbustos que crecieron en un solar abandonado. Allí anidan muchísimos pájaros, es algo que pude comprobar desde que a finales de julio nos instalamos aquí. En estos días de lluvia su permanente algarabía ha desaparecido, así como sus constantes salidas y regresos a la espesura vegetal. Los imagino tan quietos en sus nidos como yo en el mío bajo el aguacero. Así de iguales somos. Qué diminuto y palpitante honor.