lunes, 10 de enero de 2011

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Día de muchísimo trabajo, con colas de gente mirando con ojos de rigor mortis la espalda de quienes están siendo atendidos. Un paquistaní con su joven esposa recién llegada a España, vestida con un salwar camis, zapatillas deportivas y un chaquetón de paño azul. Un hombre que se ha quedado viudo por segunda vez, la mirada triste, perpleja. Muchas personas a punto de jubilarse, asustadas por la próxima reforma del sistema de pensiones. Madres recién salidas del hospital, embellecidas por el cansancio, la ilusión y las nuevas preocupaciones. Trabajadores que quieren confirmar que han sido dados de alta. La alegría de una señora cuyo marido desapareció en un país sudamericano hace más de veinte años y por fin ha conseguido un certificado judicial de ausencia. Un joven peluquero que se va a vivir con su novio a La Haya.

domingo, 9 de enero de 2011

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He quedado en el Chanti con un amigo a las cinco y media de esta tarde de domingo. Un poco apurado de tiempo me dirijo hacia allí a través de las calles desiertas y todavía húmedas por la lluvia de la mañana. Me encuentro con José Luis en la acera y entramos juntos al bar. Nos alegramos mucho de vernos, nos alegramos de esa manera fácil y placentera, verdadera, sin ceremonias. Pedimos unas copas y comenzamos a charlar de libros, de música, de fotografía, de literatura, de exploración, de consciencia, de miradas, de carreteras locales, de paisajes, de la luz del sol de invierno sobre el campo justo después del amanecer, del norte, del sur, de internet. Levantamos nuestros vasos a la salud de Nán y le digo a José Luis que me gustaría viajar a Madrid este año, conocer a algunas personas. Quién sabe. Dos mil once no ha hecho más que empezar.

sábado, 8 de enero de 2011

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Playa de la horadada, Santander, 3 de enero de 2011.

viernes, 7 de enero de 2011

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En el supermercado una cajera muy guapa suspira y le dice a la compañera de al lado: «¡Qué ganas tenía de que acabasen las navidades!». «¡Y yo!», contesta ésta. «Yo también», dice un señor mientras descarga su compra en la cinta transportadora. «Y yo, hija mía, yo también, que sólo me traen recuerdos tristes», añade la señora que me precede en la fila. Durante un instante presiento que la escena va a convertirse en un musical, pero el instante pasa y nadie canta, nadie baila. El señor a quien tampoco le gusta la navidad introduce en bolsas de plástico los productos que ha adquirido, la compañera de mi cajera se afana en pasar los códigos de barras frente al lector óptico, la señora triste que va delante de mí ya está descargando sus cosas en la cinta y yo, por mi parte, descartado el musical, procedo a disfrutar discretamente de la belleza de la mujer que dentro de poco me saludará y sonreirá con profesionalidad, diciéndome: «Hola».

jueves, 6 de enero de 2011

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A nuestro regreso encontramos Binéfar envuelto en niebla. Aquí hace bastante más frío que en los lugares donde hemos estado, pero qué agradable es estar en casa, venir a mi mesa con un té caliente entre las manos, escuchar las campanadas de la iglesia de San Pedro, estar solo durante un rato. Así.

miércoles, 5 de enero de 2011

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Los reyes magos, anticipándose a mañana por la mañana, me han traído esta tarde unos zapatos un poco especiales que andaba buscando hace tiempo. Eso sí, a cambio he debido soportar con estoicismo el atasco causado por su cabalgata a través del centro de Zaragoza. Había centenares, tal vez miles de niños esperando a lo largo del recorrido, por eso he lamentado que se pusiera a llover. Sentado frente al volante con los limpiaparabrisas en funcionamiento he recordado los desfiles de los reyes magos de mi infancia. Lo que más me gustaba eran los caballos de la policía montada. Con el tiempo descubriría que eso era un rasgo de mi personalidad: siempre, en cualquier circunstancia, lo que más me gusta son los caballos.

martes, 4 de enero de 2011

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La última tarde vamos a dar un paseo por la playa de Berria, en Santoña. La luz se extingue a la velocidad de nuestros pasos sobre la arena húmeda. Mañana cada uno de nosotros volverá a su rutina habitual y, de alguna manera, dos mil once habrá comenzado de verdad.

domingo, 2 de enero de 2011

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Por la mañana nos acercamos en coche a Laredo, una localidad cuyos encantos originales fueron sepultados en algún momento del siglo pasado por el desarrollismo urbanístico vinculado al veraneo de playa. El día es gris y el paseo marítimo ofrece un aspecto desolado y triste, apenas vencido por los gritos de nuestros niños que corren persiguiéndose. Compramos pan y regresamos a la casona. Qué agradecimiento siente la mirada cuando dejamos atrás los suburbios y la autopista y nos adentramos en la carretera del valle, rodeados de prados, bosques y peñascos de cimas envueltas en niebla.

sábado, 1 de enero de 2011

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La noche cae temprano entre las montañas. Los faros de un coche aparecen y desaparecen en las curvas de la carretera. El ruido de las ramas de los árboles del bosque se mezcla con el del río que fluye en la oscuridad. En la casa hay luz, hay calor. Me daré la vuelta y entraré allí, lejos de este otro mundo frío.