domingo, 4 de mayo de 2008

Un puente de mayo

1.

Los habitantes de las grandes ciudades se van a ciudades y pueblos más pequeños. Los habitantes de los pueblos que hacen puente acuden a las ciudades grandes a comprar y comprar y comprar. Las carreteras están colapsadas por lo coches. Ya hace calor. El cielo es azul cielo. Los campos son verdes (levánteme, madre, al salir el sol, fui por los campos verdes a buscar mi amor, fui por los campos verdes a buscar mi amor).

2.

Sé que la idea es ridícula, pero tras varias horas en el centro comercial rodeado de centenares, probablemente miles de seres humanos de rostros desconocidos, envuelto en la música ambiental más abyecta que uno pueda imaginar, asaltado por el zumbido invisible de la electricidad estática que emiten toneladas de plásticos y tejidos, siento ganas de ponerme a gritar como un animal salvaje, gritar y gritar y gritar. Pero Maite y Paula parecen estar pasándoselo bien, de hecho evitan mirarme para que el color cetrino de mi piel y mis ojos hundidos por la miseria no les amargue su día de compras. Oh, misericordia.

3.

Sobre la mesa, bajo el porche, hay costillas y chuletas de cordero a la brasa de sarmientos, salchichas, chistorra, patorrillo, pimientos rojos asados aliñados con ajo crudo picado y aceite de oliva virgen, ensalada de lechuga y cebollas tiernas recién recolectadas, espárragos cocidos, vino Plandenas. En el aire del huerto de mis padres flotan, igual que la nieve, algodonosas semillas de chopo. Celia y Olivia, mis adorables sobrinas pequeñas, van también de aquí para allá, tan ligeras e inocentes como aquellas.

4.

Teresa sale al escenario, saluda inclinándose hacia adelante y se sienta frente al piano de cola. La primera vez que la vi tocar, en el Conservatorio de Monzón, ella debía de tener quince o dieciséis años. Maite me dijo que una alumna suya del instituto daba un concierto de piano y fuimos a verla. Me quedé asombrado, estupefacto. Han pasado diez años, ella estudió la carrera musical con los máximos honores, ganó una importante beca de veinte mil euros que le abrió las puertas de Salzsburgo, está al principio del camino. El concierto de esta tarde ha sido un regalo, un verdadero lujo. Yo sé, si sucede lo que le deseo y sin duda alguna merece, que en años futuros será difícil que encuentre tiempo para tocar para nosotros, en este rincón del mundo.