domingo, 4 de enero de 2026

Vergüenza ajena

Escuchar a Trump causa instantáneamente tanta vergüenza ajena como escuchar a Maduro. Ambos son semianalfabetos, ignorantes y pretenciosos; ambos están incapacitados para liderar una pequeña comunidad de vecinos. Representan como nadie el triunfo de lo chabacano, la derrota de la inteligencia, la burla a la ley, la democracia y las normas de convivencia más elementales. La intervención de Donald Trump en Venezuela y la detención del presidente Nicolás Maduro y su esposa, que duermen ahora mismo en una prisión de Nueva York, es el gesto definitivo que abre el grifo a Putin en Ucrania, a Netanyahu en Ghaza y a China en Taiwan: sólo es necesario ser el más fuerte para obrar a conveniencia, sin respetar nada y diciendo en voz alta que lo haces para apoderarte del petróleo. En alguna parte leí que los animales son más inteligentes que los seres humanos porque ellos nunca escogerían al menos indicado del grupo para liderarles. Viendo y oyendo a Trump creo que es verdad.

sábado, 3 de enero de 2026

Gélido y gris

Aunque he dormido nueve horas despierto con ansiedad. Hoy viajamos a Zaragoza para ocuparnos de mis padres y, a pesar de todos estos años, todavía me duele en el alma el Alzheimer que sufre mi madre. Uno piensa que lo ha normalizado pero no, no lo ha hecho en absoluto.

El sábado ha amanecido gélido y gris. Los meteorólogos advierten de posibles nevadas a cotas inusualmente bajas.

Dentro de unas horas alimentaré a mi madre como ella hizo conmigo cuando nací. Debo recordar darle cucharadas de puré más pequeñas porque las traga mejor. Confío en que el viaje en coche me calme un poco: me gusta muchísimo conducir, y también el paisaje del campo en invierno.

viernes, 2 de enero de 2026

Ni una pizca

A mis sesenta y dos años siento que no sé nada. Nada de nada, ni una pizca. A decir verdad tampoco sé bien bien qué debería saber aproximadamente. Se hace de noche poco a poco y mañana saldrá el sol, incluso más allá de la niebla o la nieve, al otro lado de la atmósfera de mi planeta. Todavía estoy vivo. Es probable que mañana siga vivo y pueda conducir hasta Zaragoza para darle de comer a mi madre. Amor.

jueves, 1 de enero de 2026

La vida futura

A las seis de la tarde es noche cerrada, oscuridad absoluta. Escuchamos perfectamente la televisión de nuestra vecina, una mujer sorda que quedó viuda hace dos años. Es terrible pero no el fin del mundo. El fin del mundo es algo inimaginable e imaginable al mismo tiempo. La literatura y el cine así lo demuestran. Pienso en un ser humano de neandertal en el peñón de Gibraltar, frente al mar, atisbando la costa africana y respirando la brisa de la playa sin saber que es el último, que no queda nadie más de su especie en el planeta. Pienso en ello y luego continúo. Es noche cerrada e imagino la futura primavera, el futuro verano, la vida futura.

miércoles, 31 de diciembre de 2025

Me voy a dormir

Este fin de año estamos solos, lo cual nos permite pasar olímpicamente del fin de año. Hoy es miércoles y mañana será jueves. Hemos cenado tortilla de patatas y pan con tomate. Me voy a dormir.

sábado, 20 de diciembre de 2025

Es lo que tiene

Me dejo llevar. Hoy desperté tan bien que pude comprar algunas cosas en un gran centro comercial en plenas ventas de navidad. Jugó a mi favor que, en vez de villancicos, sonaba música suave de jazz. Creo que soy alérgico a los villancicos en los centros comerciales. Y a las luces estridentes. Y bueno.

Días de niebla. Con la edad me doy cuenta de algo que en mi juventud y mediana edad nunca consideré: la luz del sol. La luz del sol es vida, visión, esperanza, es bella. La echo de menos en días de niebla como estos.

Se aproximan las celebraciones e intento mantener la calma. Es un acto de voluntad que no siempre, por no decir nunca, tiene éxito. Desde hace mucho, mucho tiempo, mantengo la utopía de pasar de un año a otro sin más, con la suavidad del agua o del tiempo sin adjetivos. Tal vez pueda hacerla realidad antes de desaparecer de este mundo con esa misma suavidad.

Mañana abrazaré a mi pequeña Gumersinda, la envolveré en mis torpes brazos de papá oso ignorante y todo sucederá. Es lo que tiene.

martes, 16 de diciembre de 2025

Todo está bien

Hoy operaban de varices a Maite. Una intervención ambulatoria, sin demasiado riesgo de complicaciones. Hemos acudido a la clínica y, efectivamente, todo ha ido bien. Yo estaba muy nervioso, muy preocupado, tenía miedo. Últimamente todo me emociona y me conmueve, lloro con anuncios publicitarios idiotas, siento palpitaciones sin venir a cuento, vuelven los avisos de ataques de pánico. Pensaba que había dejado eso atrás pero, de algún modo, yo me he rezagado y ello me ha alcanzado, o me pisa los talones, no sé.

La operación ha ido muy bien. Cuando su cama ha regresado a la habitación impulsada por un amable celador me he sentido tan feliz que se me han humedecido los ojos. Sabía que la intervención no era de alto riesgo pero qué sé yo, mi imaginación es demasiado, es demasiado para mí y demasiado para cualquiera.

Maite no sólo es mi mujer, la madre de mis hijos, mi pareja, mi compañera, es también mi amiga, mi hermana, mi consejera, quien más y mejor me conoce, un ser humano tan excepcional que nunca llegaré a comprender de verdad por qué sigue a mi lado, cómo puede amarme siendo yo un desastre en tantos sentidos.

Tengo un problema muy grande: no comprendo la vida, la existencia. Voy a cumplir sesenta y tres años, voy a ser abuelo el año que viene y no comprendo el mundo, el universo, la naturaleza. Me fascina, despierta al explorador infantil que hay en mí, hace temblar las delicadas y endebles raíces de mi raciocinio, pero no comprendo qué es todo esto. No lo comprendo, y eso, a menudo, me hace sentir vértigo, un vértigo sordo pero físico y emocional.

Soy esposo y padre, seré abuelo; soy hermano, amigo, compañero de trabajo; soy vecino, una presencia casual en el lavadero de coches o en la cola de un supermercado, soy uno de los ocho mil millones de personas que habitan este planeta que gira alrededor del sol.

Besé los labios de Maite cuando regresó del quirófano, ella dijo algo muy gracioso, todavía drogada por la sedación, y sentí el calor físico de la felicidad, fue como si desde mis pies surgieran raíces hacia el centro de la tierra, y también desde mi cabeza atravesando hacia arriba plantas y plantas de hospital hasta salir de la estratosfera y enfrentarse a la oscuridad del vacío estelar. Todo está bien.

sábado, 6 de diciembre de 2025

El aliento de la navidad

Siento el aliento de la navidad en la nuca. Me atrapará antes del fin de año y me arrastrarán sus olas de pimientos del piquillo rellenos de bacalao y las carrilleras estofadas al vino tinto y los langostinos cocidos y las croquetas y las empanadillas y los espárragos y el jamón y el queso y los turrones y los polvorones, y a continuación el silencio a la mañana siguiente, al despertar con el rostro contra la arena de la playa. Me pondré en pie e iniciaré, paso a paso, la exploración del resto de mi vida.

sábado, 1 de noviembre de 2025

Ficción

Nunca sabemos nada realmente. No sabemos nada de nosotros, no sabemos nada de los demás. Todo es un misterio, una incógnita permanente. Existe la confianza, la proyección de nuestros deseos, amor, esperanza, ficción.

sábado, 18 de octubre de 2025

El largo final del viaje

Doy de comer a mi madre con una cucharilla de café. Últimamente come peor, en el Centro de día donde la cuidan de lunes a viernes han comenzado a alimentarla con una jeringuilla, ellas no pueden estar una hora con cada residente. Poco a poco mamá va perdiendo reflejos y movimientos instintivos; su organismo, su cáscara de huesos y piel, pierde diminutas batallas cada día. Mientras intento que se coma el puré de garbanzos que mi hermano Javier preparó para ella, mi corazón y mi cerebro sienten un dolor agudo, crónico, sin piedad.

El Alzheimer es una enfermedad muy cruel. Mamá dejó de habitar este mundo nuestro hace mucho tiempo, y mi deseo es que una noche duerma para no despertar nunca más, no aquí, no así. Pero mi padre la quiere viva, la quiere presente en su vida, la ama demasiado para dejar ir su cáscara. Por eso nuestra paciencia para darle de comer es infinita, media cucharilla de café a media cucharilla de café, esperando el movimiento de su laringe al tragar para introducirle un poco más de alimento, algo que logramos una de cada cinco o seis veces. Yo la contemplo a pocos centímetros de mí y pienso en lo injusto que es todo esto. Deberíamos dejarla ir y honrar su vida maravillosa y vibrante hasta hace unos años.

Mi padre se despierta tres o cuatro veces cada noche para constatar que Nati duerme, y respira, y su cuerpo está caliente, nos dice Jesús. Ochenta y cinco años ella y ochenta y nueve años él. Este es el largo final del viaje. No falta amor pero tampoco crudeza. Me doy cuenta de que así sucederá para todos nosotros, y me alegro de haber registrado mi testamento vital: no quiero terminar mi experiencia de esta manera, y espero que mis representantes legalmente nominados, mi mejor amigo y mi hija, cumplan mi voluntad de ser sedado y marchar: no quiero acabar mi vida como mi madre está acabando la suya.

Mañana le volveré a dar de comer con toda la paciencia del mundo, disimulando mis sentimientos para no entristecer a papá. Me diré a mí mismo que no pasa nada, que hay que vivir el día a día; me lo diré a mí mismo como se lo diría compasivamente a cualquier otro ser humano. Qué otra cosa puedo hacer. Lloro y sigo adelante. Pobre Nati, pobre mamá, soy incapaz de comprender pero puedo amar.