miércoles, 9 de febrero de 2011

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Al salir del trabajo voy a una peluquería. Allí una chica desconocida me coloca una bata blanca, me invita a sentarme en una butaca, apoya con suavidad mi cabeza en el hueco del lavadero, empapa mi pelo de agua caliente, lo enjabona y aclara una vez, dos veces, y a continuación me practica un masaje que poco a poco, a medida que sus dedos giran con lentitud presionando con fuerza inesperada el cuero cabelludo, logra disolver la barahúnda de voces que traía de la agencia en el interior de mi cráneo. Al terminar le doy las gracias por el masaje y añado: «lo necesitaba». Ella sonríe con timidez y se aleja, su trabajo ha terminado, será otra persona quien me corte el pelo.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Jopetas, como dice mi hija.
¿Vas a conseguir escribir todos los días una entrada durante este crítico 2011?

Ójala sea la respuesta afirmativa.
Saludos

Gemma dijo...

Dar masajes -y recibirlos- se ha democratizado. Me parece una buena recompensa tras un día de duro trabajo. Un abrazo

Jesús Miramón dijo...

No lo sé, anónimo (?), y eso, no saberlo pero mantener la voluntad, forma parte del proyecto. Un saludo.

Jesús Miramón dijo...

Bueno, Gemma, fue un masaje de peluquería, en la cabeza, no un masaje «de verdad», pero me dejó nuevo. Yo creo que la amable chica pudo notar en la yema de los dedos el barullo de voces y rostros y preguntas que bullían todavía en mi cabeza. Ella fue capaz de disolverlo. Un abrazo.