martes, 25 de abril de 2017

Congo

He salido del trabajo a las siete de la tarde y Barbastro olía como el Irún de mis veranos de infancia, como aquellas vacaciones en Asturias, como Irlanda. Era el olor que deja la lluvia al entrar en contacto con las superficies de alquitrán y hormigón de calles y aceras, pero, sobre todo, era el aroma del despertar de la hierba de parques, pequeños parterres y las orillas del río; era el perfume de tanta vegetación salvaje e improbable. Caminando hacia casa me sentí tan extrañamente feliz como un viejo explorador del Congo.

6 comentarios:

arponauta dijo...

:-)

Jesús Miramón dijo...

:-)

JL Ríos dijo...

Ya ves, solo con el olfato, ni siquiera el oído.

Un abrazo

NáN dijo...

La naturaleza que te (nos) rodea, si se le presta la atención debida, con uno o todos los sentidos, nos cuenta nuestra propia historia... y la del Mundo.

Haces que esa búsqueda, que debería ser esencial, parezca sencilla.

Porque es así de sencillo: prestar atención.

Jesús Miramón dijo...

Sólo con el olfato. No hay nada como perder algo para disfrutarlo cuando se recupera.

Un abrazo.

Jesús Miramón dijo...

Todo cuenta su propia historia: la naturaleza cuenta miles, pero también una televisión vieja junto a un contenedor de basura (mal hecho, por cierto, hay que llevarla al punto limpio) o unas gotas de sangre sobre la acera en dirección al centro de salud.

¿Puede haber algo más importante en la vida -esta experiencia breve y absurda- que prestar atención e intentar averiguar de qué va todo esto o, al menos, dar testimonio de nuestra exploración?

Un abrazo, Nán.