lunes, 3 de diciembre de 2007

Cabo de Hornos

Llegó el viento empujando la niebla hacia días futuros; un viento decidido que, al chocar contra los muros de las calles, creaba remolinos de hojarasca y basura; un viento que agitaba violentamente las ramas de los árboles como lo haría un ladrón. Al anochecer la cortina exterior de arriba flameaba golpeando en el cristal. Subí, salí afuera y, abrazando la tela, la recogí como pude. Después, subiéndome el cuello de la chaqueta, eché un vistazo a mi alrededor: negras montañas coronadas de espuma blanca se elevaban y descendían vertiginosamente; copos de nieve afilados como agujas golpeaban mi rostro; traicioneros bloques de hielo flotante asomaban y desaparecían en la oscuridad; a estribor, en la lejanía, podía intuir la imponente presencia de farallones de roca y pizarra a cuyos pies ladraban a la tormenta los leones marinos. Regresé adentro. Cerré la puerta. M. corregía exámenes y trabajos. P. y C. hacían sus deberes. Fui a la cocina, calenté en el microondas una taza de agua y me preparé un té verde.