Día de absoluto relax. Hemos ido a comprar a un centro comercial y, como quería cocinar un plato de abuela (calamares encebollados) hemos terminado comiendo a las cuatro y media de la tarde. Cuando nuestra hija viene a casa duerme lo que quiere y, como está tan delgada, intento engordarla un poco. Ayer por la noche cociné tortilla de patatas con cebolla, hoy calamares encebollados con una buena ensalada de tomate rosa de Barbastro, y para cenar truchas a la navarra con bacon hechas al horno y patatas fritas al estilo del yayo Antonio, su abuelo materno: poco aceite, muchas patatas y tiempo y sal. Ahora la tengo aquí al lado jugando con la Game Boy que le pusieron los reyes magos hace un montón de años. ¡Todavía funciona! Maite se ha dormido en la tumbona. Dentro de un rato todos dormiremos como troncos. Están pasando muchas cosas en Cataluña, en Siria, en el mundo entero, pero ahora mismo este es mi mundo: Paula juega a mi lado con su Game Boy de cuando era una niña pequeña y mi compañera duerme. Yo escribo mientras me tomo un whisky con hielo. Pronto me acostaré. Mañana será otro día.
sábado, 19 de octubre de 2019
viernes, 18 de octubre de 2019
Dieciocho de octubre
Paula ha alcanzado a tiempo el tren corriendo como una loca, los servicios mínimos de los cercanías que comunican el aeropuerto del Prat con la estación de Sants le han hecho llegar más tarde de lo esperado, pero cinco minutos antes de que el tren se pusiera en marcha ha logrado sentarse en su asiento. Ahora duerme en su habitación. Estamos contentos. Estoy contento por haberla podido abrazar y besar.
Pero estoy triste, sigo estando triste, por lo que está pasando en Barcelona. Y sí, sé que en en muchas poblaciones y barrios y lugares de Cataluña no está pasando absolutamente nada. Pero sí están pasando cosas. Las cuatro gatas y gatos que me leéis ya sabéis lo que pienso sobre el nacionalismo y sobre Cataluña.
Todos estamos bien aquí en Aragón, en Zaragoza, también en Barbastro. No soy pacifista, soy una persona pacífica, pero se me ocurren más de dos o tres razones por las que me volvería loco. El nacionalismo nunca será una de ellas. Para mí no. Bona nit.
jueves, 17 de octubre de 2019
Diecisiete de octubre
Suena el despertador del móvil. Le doy al botón que hace que suene más tarde. Escucho a Maite rondar por la casa. Me da igual. Yo quiero dormir un poco más. Finalmente, a la segunda llamada, me levanto de mala gana de la cama. Me miro en el espejo antes de mear. Mi cabello son tres explosiones de la primera guerra mundial. Le doy un beso en la boca a mi compañera desde los diecinueve años, que lleva horas despierta porque ella es así. Me siento en el retrete con el ordenador sobre el bidé que, maravillosamente, está frente a mí. Leo las últimas noticias, vacío mi colon con gran placer mientras las leo, luego pulso el botón, me lavo las manos y comienzo a preparar mi capuchino de cada día. Mientras la cafetera hace su faena me ducho porque no me gustan las bebidas calientes. Después de secarme coloco una rodaja de pan integral del día anterior en la tostadora eléctrica. Me visto. Mojo la tostada con aceite en el capuchino... Oh, no hay mayor placer. me limpio los dientes y salgo a la calle. El aire es fresco, vital, las nubes, a veces, flotan en el cielo a miles de kilómetros de altura.
miércoles, 16 de octubre de 2019
Dieciséis de octubre
Nuestra hija Paula tiene un congreso en Alicante la semana que viene y, aprovechando la coyuntura, reservó un vuelo y un billete de tren a Zaragoza desde Barcelona pasado mañana, viernes, día de huelga general en medio de todo lo que está pasando. Le dijimos que, aunque perdiese el dinero, cambiase el billete de avión y fuese directamente a Alicante, que ya nos veríamos en Navidad, que el viernes probablemente no podría viajar. Desde Noruega las cosas se ven muy lejos y no nos ha hecho caso. Tiene veintiséis años, la hemos dejado por imposible (lo era con doce). Si no puede venir el viernes vendrá el sábado, y si no el domingo y nos veremos unas horas. No pasa nada.
Ya escribí ayer sobre la violencia. No tengo nada que añadir. Sólo una cosa: sigo amando a Cataluña. Su lengua, su paisaje, su gastronomía, mi mejor amigo es catalán. La amo tanto como odio el nacionalismo, cada vez más. El catalán, el español y el húngaro y el polaco y el ruso y el occidental. Mis ideales de adolescente siguen intactos y sigo pensando en un futuro federal y planetario. Vale, ya podéis dejar de reír a carcajadas. Lo sigo pensando, lo pensaré hasta mi muerte. Todos somos uno, sólo hay que visitar páginas de la NASA y visualizar imágenes de nuestro mundo para comprenderlo. Pero da igual. A mi edad he aprendido, hace ya muchos años, que nunca se convence de nada a nadie.
Hasta ayer estaba inquieto. Ya no. He decidido que ya no. Advertimos a nuestra hija. Se la va a jugar. Lo peor que puede pasar es que no aterrice en Barcelona o, al perder el billete del AVE a Zaragoza, tenga que pasar la noche en el aeropuerto o en la estación ferroviaria. Es una mujer hecha y derecha. No pasa nada.
Es increíble todo lo que está pasando en Cataluña pero no pasa nada. Me hierve la sangre pero no pasa nada. El monstruo que el nacionalismo ha alimentado durante todos estos años se ha despertado pero no pasa nada: pasa todo. Y lo que espero que no pase nunca.
martes, 15 de octubre de 2019
Quince de octubre
Me llamo Jesús Miramón, tengo cincuenta y seis años, y nunca me he pegado con nadie, jamás. No soy capaz de explicarlo, pero en situaciones en las que casi era inevitable siempre salió alguien en mi defensa, alguien que me conocía bien: primero mi hermano gemelo en el colegio, después, en el instituto, un amigo que se sabía casi de memoria el Juan Tenorio y le encantaba pelear a puñetazo limpio. Durante mi servicio militar un chico de Alfaro quiso pegarme pero yo le convencí, hablando, de que semejante posibilidad era algo absurdo, que yo desconocía su nombre y era ridículo que quisiera pegarme sin que él conociera el mío. Me llamó "fantasma" y se alejó sin saber muy bien qué hacer. Acabamos siendo amigos y adoptando una culebra de escalera que encontramos malherida en la pequeña balsa de agua del centro del polvorín de La Rioja donde fui destinado.
Y sí, así es como he llegado a esta provecta edad sin haberme pegado con nadie jamás. Mi hijo de veintidós años ya se ha pegado como dos o tres vidas mías, y ni se inmuta. No sé pegar pero creo que si se diera la situación sabría. Tampoco sabía follar y salió casi solo, mejor a la segunda que a la primera, y mejor a la décima que a la quinta. El instinto está ahí, y sé que podría pelear sin ninguna dignidad y acabar matando a alguien a mordiscos, a patadas, bestialmente. No por un accidente de tráfico, no porque mi vecino hace mucho ruido, no por una bandera ni, menos todavía, por una idea nacional. Sólo se me ocurre una circunstancia: que vinieran a por mi familia, que subieran la escalera frente a la puerta de mi casa dispuestos a violar y asesinar a los míos. Seguramente moriría en el primer segundo -ser un experto en películas bélicas no te convierte en un marine- pero pelearía sin reglas, desesperadamente, del modo más productivo posible.
Sé por qué escribo esto pero no lo quiero decir. Me duele demasiado. Casi puedo oler los incendios en Barcelona. No puedo comprender que personas adultas y formadas puedan haber sido abducidas por el nacionalismo y su paraíso. En los últimos años mi idea inicial que unificaba nacionalismo y religión se ha ido materializando frente a mis ojos y no soy capaz de comprenderlo. La violencia ha comenzado. Es obscena, íntima. Incendian contenedores y aplauden a los bomberos que acuden a apagarlos. Es la distopía, el absurdo absoluto. Es, en mi opinión, la ausencia total de la inteligencia sustituida por un instinto que sale de nuestra casa, pierde el rumbo, y acabará incendiando el primer piso de otra casa donde tal vez colgaba nuestra bandera.
Me llamo Jesús Miramón, tengo cincuenta y seis años y nunca me he pegado con nadie. Jamás. Y al final he dicho, como siempre, lo que no quería decir. Pero sufro cuando contemplo la violencia. Es como observar a través de una cerradura algo que no deberíamos haber visto nunca.
lunes, 14 de octubre de 2019
Catorce de octubre
Los truenos son tan constantes precipitándose unos sobre los otros sin que quepa un mínimo silencio, al tiempo que la lluvia, empujada violentamente por el viento, golpea de manera oblicua las ventanas y los muros de mi edificio, que puedo comprender perfectamente que nuestros antepasados creyesen firmemente, empujados por el miedo, siempre por el miedo, en dioses de los cielos y las altas montañas.
Incluso a mí, un ser humano habitante del siglo veintiuno, presuntamente racional, ateo aunque sensible a lo que me rodea, me alcanza esa tentación: oh, tormenta, deja de rugir como un lobo gigante porque das miedo, es verdad, pero, por favor, no dejes de llover, llueve aunque sea horizontalmente, pero llueve. En este hemisferio mi especie hace muchos siglos que aprendió a construir cuevas artificiales resistentes -a veces más, a veces menos, a veces inútiles- frente a tu ira, pero llueve.
Escucho ahora mismo que te alejas después de unas horas. Los millones de pianos desplomándose sobre las rocas viajan hacia el este junto a su cohorte de fuegos brillantes. Pero no te vayas del todo, déjanos un poco de lluvia, unas horas de lluvia, yo te lo imploro y, como sacrificio, procederé a consumir un vaso de bourbon con hielo que beberé en tu nombre antes de cenar.
domingo, 13 de octubre de 2019
Trece de octubre
Sé indiferente frente a lo que tú le eres indiferente. A la enfermedad, a la naturaleza, a quienes no les importas un pimiento, a lo que no está en tu mano controlar, a la inmensidad de lo que desconoces y te desconoce. Responde con la misma moneda pues morirás igualmente, más tarde o más temprano. Y a quien o qué le eres indiferente le sucederá lo mismo, sea mundano o cósmico.
La indiferencia puede convertirse en algo posible de sentir y hacer, un modo de retar al mundo sin rendirnos, aunque yo todavía no haya encontrado la manera. Persevero en ello. Es una filosofía antigua, la ataraxia, el estoicismo. Aunque yo le añado un poco más de acción, no demasiada, lo que cuesta escribir.
sábado, 12 de octubre de 2019
Doce de octubre
Dicen que lloverá. Yo recuerdo cuando en Zaragoza, durante las fiestas del Pilar, en mi juventud, hacía frío. Esta mañana, paseando junto al canal cerca de Barbastro, espantábamos los insectos a nuestro alrededor y sudábamos. De acuerdo, es cierto, lo sabemos: el cambio climático ya está aquí. Fin de la nota.
Mi próxima intención es dejar de señalar algo tan evidente para centrarme en la vida. Durante el paseo había abundancia de cuervos y tres o cuatro lagartijas han huido a nuestro paso. Sobre nuestras cabezas inmensos cumulonimbus a miles de kilómetros de altura flotaban en ese cielo azul que nuestra hija tanto echa de menos en Noruega. Porque ningún azul es igual a otro como ninguna palabra, incluso la misma, es igual a sí misma pues depende de las que la preceden y las que aparecen a continuación.
Me centro en la absoluta confianza de que quienes vivimos en desiertos y en el ártico sobreviviremos al cambio climático como sobrevivieron nuestros antepasados a las glaciaciones y los cambios climáticos, entonces sólo naturales, que acontecieron en nuestro planeta. No soy capaz de augurar el precio que pagaremos, tanto en vidas como en sufrimiento, pero sobreviviremos y aprenderemos la lección.
Y bueno, lo que queda claro es que en un sólo texto puede afirmarse algo y a la vez negarlo. Escribí hace segundos o minutos que dejaría de señalar algo tan evidente como el cambio climático para terminar hablando nuevamente de ello. Soy así. No os fiéis nunca de mis intenciones. De mí creo que sí podéis hacerlo, soy, en términos generales, una buena persona: ¿pero de mis intenciones o propósitos? No sabría decirlo.
viernes, 11 de octubre de 2019
Once de octubre
He salido del trabajo a las tres menos cuarto saltando las breves escaleras, corriendo y bailando por la acera mientras cantaba una bella canción frente a los (falsos) rostros asombrados de los viandantes.
No es verdad. Es viernes y estaba muy contento de tal dato pero no es verdad. Ojalá poder elegir a veces vivir en un musical. Ojalá poder elegir en qué tipo de género vivir según nuestras necesidades: modo tragedia existencial (no hace falta mucho esfuerzo); modo comedia inteligente (pereza), modo comedia idiota (la mejor); modo película erótica (oh, yes, quiero más); modo documental; modo género bélico (pero hace falta mucha inversión); modo ciencia ficción (hace falta todavía más inversión).
Si lo piensas en serio, el género musical es el más barato. Aunque hace falta música buena y, sobre todo, pertinente. O no, si tu musical es muy malo. Lo bueno de las creaciones malas es que no requieren de calidad, y, al fin y al cabo, la tierra acabará siendo tragada por el sol dentro de unos cuantos miles de millones de años. ¿Quién recordará nada de tu fracaso sísmico? Nadie. Todo desaparecerá junto al Quijote, las pinturas rupestres de Altamira, la música de Bach o Mozart y las recetas de Arzak, por no hablar de los sonetos de Shakespeare o películas como Tiburón. El futuro es un agujero negro.
Dicho esto: es verdad: vivamos el presente y un poco más allá. Es nuestra terapia si no queremos volvernos locos (a menos que seamos religiosos y creamos en la resurrección o la reencarnación -me descojono, sin perdón).
Vivamos el presente, exploremos la isla, el continente, el planeta, el sistema solar, el universo, pero no olvidemos nunca la cosa pequeña que somos y su previsible desaparición. Y no pasa nada, cada vez que parpadeamos desaparecen con toda probabilidad miles de civilizaciones en la inmensidad del cosmos. Algo parpadeará alguna vez por nosotros.
jueves, 10 de octubre de 2019
Diez de octubre
Apenas desciende un hilo del río que debería fluir enjaulado en su canal de hormigón. Las algas de agua dulce son como el largo cabello de una Ofelia eternamente muerta. Los días de esta ciudad de provincias, como el pequeño caudal del río Vero, transcurren lentamente pero sin detenerse nunca. Hoy Malika, una mujer a la que conozco desde hace muchos años, me ha regalado una caja con unos tomates rosa de Barbastro de su huerta absolutamente maravillosos. Estos gestos, que yo siempre que no son necesarios porque simplemente hago mi trabajo, en el fondo me conmueven. Son tan gratuitos, tan de verdad. Malika y su marido recogieron estos tomates, los seleccionaron -estoy seguro porque son perfectos-, los metieron en una caja y pensaron en mí. Cuando me jubile, si todavía vivo para entonces, recordaré estas pequeñas cosas, estas conexiones entre personas tan distintas e iguales al mismo tiempo.
Creo firmemente, desde la privilegiada atalaya que me ofrece mi puesto de trabajo, que el único objetivo político o simplemente de futuro viable para nuestra especie es la comunión entre todos nosotros, que ya existe esporádicamente, que ya se demuestra en catástrofes naturales, que es consustancial a nuestra evolución como seres sociales. Todo lo que vaya en contra de esa comunión sencilla, sin aspavientos, sin señalar con cinismo las diferencias y señalando con fraternidad tantas cosas que nos unen; todo lo que vaya en contra de eso es mi enemigo número uno: el racismo, el clasismo, el nacionalismo -que suele reunir las dos características anteriores-; el desdén por el dolor de los demás, el egoísmo, etcétera: esos son mis enemigos y jamás me cansaré de combatirlos. Jamás.
Los tomates rosa de Malika. |
Anotado por Jesús Miramón a las 22:49 | 2019 , Diario , Fotografías , Vida laboral
miércoles, 9 de octubre de 2019
Nueve de octubre
Alguien sopla una trompeta. Nunca la había escuchado desde que vivo aquí. Debe de ser un niño porque se nota que lo hace por primera vez. Es terrible pero maravilloso. De hecho es más maravillo que terrible. Siempre es más maravilloso que terrible.
martes, 8 de octubre de 2019
Ocho de octubre
Carlos, que quiere preparar oposiciones a bombero, ahora que ya ha dejado de trabajar por la noche ha vuelto a ir al gimnasio para ponerse como un toro (las pruebas físicas son muy exigentes) y el viernes se examina, de nuevo, del carnet de camión en población. Maite va la piscina climatizada de Barbastro a hacer también gimnasia en el agua dos días a la semana. Casi comienzo a sentirme mal por gordo y dejado y sedentario. Cuando termine este año de escritura y fotografía diaria me lo plantearé. Jamás en toda mi vida he hecho más deporte que el que se hace de niño corriendo de aquí para allá para descubrir dónde se han escondido tus compañeros de juego. Bueno, he tenido temporadas de bicicleta estática y hasta abdominales, y me encanta pasear por el campo o junto al canal los fines de semana. Pero esas temporadas de bicicleta y abdominales, como vinieron, se fueron.
Hoy hemos comido los tres miembros de la familia por separado. Todos. Ayer dejé hechos unos macarrones con tomate y chorizo. Mi compañera tenía la gimnasia en la piscina a las tres y media, yo volvía al trabajo a las cuatro -los martes atendemos por la tarde de cuatro a siete-, y nuestro hijo ha regresado del gimnasio a las cuatro menos cuarto.
Libertad. Siempre libertad. Los macarrones con tomate y chorizo, por cierto, aunque a los italianos les parezca una herejía, estaban muy buenos. Todavía quedan para mañana. He heredado de mi madre que sólo sé cocinar para ejércitos, siempre sobra. Pero nos lo comemos todo.
Estoy tan cansado mentalmente. Sé que incluso puede ser un agravio comparativo para muchas personas que trabajan más duro y más horas que yo, pero atender público ocho horas es agotador, las agencias de información de la Seguridad Social, sobre todo cuando son comarcarles como la mía, lo tocan todo, tenemos toda la institución en nuestro cerebro y debemos aconsejar e informar sabiendo la responsabilidad que asumimos, que es muchísima. Hay tantos asuntos distintos, tantas consultas diferentes. Aunque ya lo he dicho, ¿qué derecho tengo yo a quejarme por un trabajo que me gusta y que es estable y que me requiere trabajar sólo una tarde a la semana? Ninguno. No es correcto que me queje. Pero estoy tan cansado. Escribo dejándome llevar, improvisando, dejando que mi mente se vacíe un poco de tantas voces, tantos rostros, tantas personas maravillosas en su identidad irrepetible. Buenas noches.
Anotado por Jesús Miramón a las 21:02 | 2019 , Diario , Vida laboral
lunes, 7 de octubre de 2019
Siete de octubre
Los lunes son siempre una mezcla de desastre y esperanza: el comienzo de una nueva oportunidad y el final de las breves, brevísimas vacaciones del fin de semana.
Pero todo es mentira. Cada día es una nueva oportunidad y la última, hipotéticamente. Soy idiota y nunca cambiaré, a estas alturas ya no. Aunque sepa que soy idiota. Se ha de reconocer que semejante idiotez tiene su mérito. Sí, lo sé: idiota perdido. Triste mérito pero, como idiota que soy, mérito al fin y al cabo.
domingo, 6 de octubre de 2019
Seis de octubre
Me asomo a la ventana
de la habitación donde escribo
y me siento igual que
si me asomara al ojo de buey
de una embarcación.
Domingo por la tarde.
Calma chicha.
Mar de los sargazos.
sábado, 5 de octubre de 2019
Cinco de octubre
Sábado por la tarde. Maite, que repite como jefa del departamento de lengua del instituto PORQUE nadie ha querido sustituirla después de dos años, lleva días trabajando sin parar con la programación del curso, a lo que ahora hay que sumar un constipado de la hostia. Yo, como la conozco, ya no digo nada. Ni la lógica baja médica ni su renuncia al puesto son decisiones compatibles con ella. Me callo y ya está.
Hoy cuando volvía de hacer la compra he visto el revuelo de un camión de bomberos, policía local y también la guardia civil porque un coche se había estrellado en una rotonda contra una farola. Me ha parecido ver a la conductora sentada en un pretil del aparcamiento del cementerio rodeada de personas. Ha debido de ser un despiste.
Yo escribo tranquilamente, tengo tiempo libre y este propósito absurdo de dar cuenta diaria de mi navegación. Para los capitanes de barcos no era opcional: los cuadernos de bitácora eran una obligación: había que registrar todo lo sucedido, como lo hago yo voluntariamente y sin surcar las profundidades del océano.
Mi navegación no tiene ninguna importancia, pero forma parte de la historia de este mundo.
viernes, 4 de octubre de 2019
Cuatro de octubre
Yendo a trabajar esta mañana he visto el rastro rectilíneo de un avión en el cielo, a nueve o diez kilómetros sobre mí. Volaba hacia el sur. Hacía frío pero sigo vistiendo como en verano porque sé que cuando salga del trabajo a las tres de la tarde hará calor. Qué agradable sentir frío por la mañana caminando hacia la agencia comarcal de la Seguridad Social en Barbastro. Me he cruzado con dos o tres conocidos. Uno me ha gritado: "¡Valiente!". "¡Tengo un neopreno interno y natural!", le he contestado. Ha sonreído y nos hemos alejado en direcciones contrarias. A veces vivir puede ser así de fácil, y es maravilloso.
jueves, 3 de octubre de 2019
Tres de octubre
Hoy mi padre ha cumplido ochenta y tres años y, como siempre, cuando he hablado con él por teléfono, me ha asombrado y admirado su tranquila consciencia de la realidad. Tal vez he heredado, entre otras muchas cosas, eso de él. Sabe que ya no le queda mucho tiempo de vida pero está volcado en cuidar a mi madre, que tiene una salud mucho peor que la suya. Mi padre es alguien muy especial: tranquilo, callado, pero inasequible al desaliento. En algún sitio leí hace tiempo que en las peores situaciones, si puedes permitírtelo, elige siempre como compañero a quien tenga esperanza. En la guerra y en la paz. La esperanza señala a las personas buenas. Ochenta y tres años y guapo como un actor de Hollyvood, uno de los seres humanos más buenos en el estricto sentido del adjetivo que he conocido en mis cincuenta y seis años de vida, un ejemplo de honestidad para sus hijos y sus nietas y nietos. Se lo he dicho por teléfono pero se lo digo aquí, aunque nunca lo leerá: papá, te quiero.
En la fotografía está junto a mi hermana Susana Miramón, la pequeña de la familia, mi ratoncita (nos llevamos diez años, también llamo así a mi hija). Los dos están tan guapos que me dan ganas de llorar. La foto es de hace pocos días, durante las fiestas del pueblo navarro donde nací. Feliz cumpleaños, papá.
Papá y Susana |
miércoles, 2 de octubre de 2019
Dos de octubre
Sigo vistiendo como no debería hacerlo un caballero: sandalias de misionero, bermudas viejísimas y camisetas y camisas de manga corta (según parece llevar camisas de manga corta es una especie de delito de los buenos usos y la elegancia inherentes a quien elegante quiera considerarse, a mí me importa un pimiento). Lo que me preocupa es que siga haciendo calor y el río fluya lentamente frente a mi casa convertido más en un arroyo que en aquel. Uno piensa que su breve vida no será testigo de nada importante ante la inmensidad de la historia, pero en la mía ya he asistido a eventos inimaginables: el fin de la guerra fría, la unificación de Alemania, el nacimiento y victoria entre comillas sobre el islamismo radical y, lo más importante, el acelerado calentamiento global de nuestro planeta. Ayer vi en la prensa una fotografía desgraciadamente bastante frecuente en los últimos años: desprendimientos de enormes pedazos de hielo en el Ártico y en la Antártida. Uno piensa que en su breve estancia en este mundo no será testigo de sucesos terribles y, aunque mi generación sea probablemente una de las pocas que no ha intervenido directamente en una guerra, está asistiendo al acelerado cambio del mundo. La subida del nivel del mar se precipita casi exponencialmente y muchas especies que en nuestra infancia eran abundantes ahora se extinguen a toda velocidad. Yo soy acaso un ser humano que verá desaparecer al tigre, al rinoceronte, incluso a los leones.
Y ni siquiera sé qué sentir. Reciclo como una hormiga antes del impacto de un meteorito, trato de dar ejemplo entre quienes me rodean, escribo en este diminuto lugar de la red, pero ni siquiera sé que sentir. Leí que personas condenadas a muerte pasaban del pánico a la estupefacción, y, después de la estupefacción, a una especie de alejamiento personal de cualquier sentimiento mientras incluso eran conminadas a cavar su propia tumba antes de los disparos. Imagino que son bondadosos recursos de nuestras neuronas para hacernos más fácil el tránsito incluso en las peores circunstancias.
Pero ante lo que se avecina no es un recurso útil pues hace falta reaccionar. Yo, que soy optimista por naturaleza, confío en las generaciones del futuro y, aunque sea en un planeta sin tigres ni rinocerontes en libertad, un planeta con países desaparecidos por el aumento del nivel del mar como ya comienza a suceder en Oceanía, un planeta con procesos de desertificación a los que España es especialmente sensible, confío en esas generaciones, digo, porque siempre son más inteligentes que las anteriores, porque se lo juegan todo. Y no estoy pensando en mis hijos sino en sus tataranietos y en los tataranietos de estos. No le tengo miedo a la muerte, por mi trabajo sé que es algo que sucede cada día. Le tengo rabia porque morirme me impedirá saber qué sucedió al final de todo esto. Esa es la única batalla que perdí desde que comencé a llorar en este mundo.
martes, 1 de octubre de 2019
Uno de octubre
Estoy tan cansado que me iría a la cama ahora mismo. Pero sé que a las cuatro de la mañana me despertaría como un robot y tendría problemas. Debo aguantar despierto al menos hasta las diez y media o las once, y cenar algo: queso, escalivada, pan con tomate, cualquier cosa. No tengo ganas de cocinar.
Maite y yo hemos hecho un video por WhatsApp con Paula en Bergen, Noruega. Por fin ha alquilado un pequeño apartamento a pie de calle después de tantos años alquilando habitación en pisos compartidos. Nos lo ha enseñado: su recibidor de madera donde dejar abrigos y calzado, una sala relativamente grande, el dormitorio, la cocina, el cuarto de baño. Su primera vivienda para ella sola. Estaba agotada por la mudanza pero muy ilusionada. Eso sí, como su casa está a la altura de la acera se pondrá cortinas. En eso se nota que no es noruega. Cuando fuimos a visitarla el verano del año pasado caminábamos por las calles y podíamos ver a través de las ventanas la actividad cotidiana de los habitantes de las casas: un señor leyendo el periódico en la mesa de la cocina mientras su mujer preparaba la cena, etcétera. Ellos no tienen problema alguno porque no saben que los españoles somos unos cotillas que miramos asombrados las vidas de la gente que no tiene ni persianas ni cortinas en sus ventanas. Me sucedió también en Londres. Pero Paula pondrá cortinas. Nos ha dicho: ver pasar sombras junto a la ventana me pone nerviosa. Culturas.
Mi mano derecha está firme como la de una estatua, pero la izquierda me tiembla de un modo extraño. Tengo las cervicales del cuello hechas polvo tras años de rotación entre la pantalla del ordenador, los usuarios, las impresoras y el escáner. Tal vez toque otra tanda de fisioterapia, pero estoy tan harto de médicos... El día termina. Al empezar a escribir pensé que hoy no había pasado nada, pero me doy cuenta de que eso es literalmente imposible, absolutamente imposible si estás vivo.
lunes, 30 de septiembre de 2019
Treinta de septiembre
Y aquí acaba septiembre de dos mil diecinueve. Y aquí termina mi último latido. Y aquí mi último parpadeo inconsciente. Siempre está terminando algo, siempre está comenzando algo, no siempre nuestro, no siempre al alcance de nuestra mano. A veces pienso seriamente que nuestro cerebro ha evolucionado para articular de manera plausible lo que no debería poder ser articulado plausiblemente. En vez de volvernos locos del todo contamos historias alrededor del fuego por la noche, bajo la espina dorsal de la vía láctea. Nada como las palabras. Ellas nos protegen del caos.
domingo, 29 de septiembre de 2019
Veintinueve de septiembre
Hemos vuelto de Zaragoza relativamente temprano, con tiempo para asar al horno un sencillo ternasco con patatas. Carlos se ha despertado más tarde y ha venido a besarnos. Si supiera qué ricos me saben sus besos en la mejilla, los besos de un hombre de veintidós años a quien cuidé durante un año de excedencia, como a su hermana mayor. Cuántas veces les limpié el culo y cambié sus pañales.
Nostalgia, aléjate de mí, te lo imploro. No te necesito. Prefiero el aroma que ahora mismo inunda mi casa: los pimientos y berenjenas asadas de la escalivada. También cocí al vapor judías verdes, zanahorias y patatas cortadas en trozos pequeños para hacer ensaladilla rusa. Comida para los días que vendrán. Creo que cocinar me gusta más que escribir. Cuando cocinas lo haces para personas físicas sentadas a tu lado en la mesa. Cuando escribes lo haces lanzándote al vacío, al silencio, a la más absoluta insignificancia. Y de verdad no digo que sea algo injusto: más aún: entiendo que es normal. La comida es necesaria, escribir un diario es el lujo de quienes podemos permitirnos comer cada día.
sábado, 28 de septiembre de 2019
Veintiocho de septiembre
Vuelvo a escribir desde el dormitorio de mi hija en Zaragoza, rodeado de sus cosas. Sombreros de fiesta, fotografías de su laboratorio en Barcelona, dibujos, acuarelas, un libro titulado El mundo invisible de Hayao Miyazaki, de Laura Montero Plata.
Vengo a escribir aquí porque me resulta imposible hacerlo en el salón con la televisión encendida. Necesito un rincón alejado del ruido. Sé que han existido escritoras y escritores capaces de crear en una cafetería llena de gente, en el metro, en cualquier parte. Mi talento, si existiese, no es tan fuerte: necesito silencio o, como mucho, mi música favorita.
Este diario es siempre mi última tarea antes de irme a dormir. Creo que así debe ser aunque a veces, traicionándome, he publicado páginas a la una de la madrugada. Pero en general creo firmemente que así debería ser. En general. Casi siempre. Cuando la jornada ya termina y lo que queda es dar gracias y retirarse del escenario hasta mañana. Retirarse al camarote, a la habitación de puertas automáticas de la nave espacial que surca el espacio en un silencio que no podemos ni imaginar.
viernes, 27 de septiembre de 2019
Veintisiete de septiembre
He conducido y hemos llegado de noche. Seguro que lo habré escrito mil veces, pero me encanta conducir de noche. No ver lo que rodea la carretera que iluminan los faros del coche hace que tu concentración alcance casi el nivel cerebral de la meditación. Las líneas de pintura fosforescente llegando y desapareciendo tras el vehículo. Siempre que conducimos viajamos en el tiempo -como cuando caminamos e incluso cuando respiramos durmiendo la siesta-, pero de noche se parece más a como siempre lo imaginé.
En Zaragoza casi siempre sopla el cierzo. Ahora escribo con dos ventanas abiertas y opuestas y el aire me acaricia fresco, constante. Dormiré muy bien, siempre duermo bien en Zaragoza.
jueves, 26 de septiembre de 2019
Veintiséis de septiembre
Otro día se aleja llevándose cosas y dejando cosas, como hacen los ríos y las orillas del mar. Hoy a última hora del trabajo he atendido a una mujer guapa, inteligente y muy sensible. Había venido con su marido, un hombre también inteligente y con un brillo especial en la mirada. Hemos hablado mucho rato de cosas que no puedo ni quiero revelar, pero una de las conversaciones ha discurrido sobre la importancia de querernos a nosotros mismos y aceptarnos como somos y ser libres de la opinión de los demás. Hay enfermedades que simplemente consisten en ignorar o no saber enfrentar cosas sencillas, ligeras e ingrávidas. Lo he visto antes durante mis años de profesión: jóvenes extremadamente delgadas que se veían gordas en el espejo, personas adorables sin un atisbo de amor hacia sí mismas. No son enfermedades fáciles de curar porque hunden su raíz en lo más profundo de lo que somos: nuestra mente, nuestros sentimientos, nuestra visión personal de la extraña realidad que a todos nos rodea cada día desde que abrimos los ojos por la mañana hasta que los cerramos por la noche.
Yo, antes de cerrarlos esta noche, quiero pensar en Teresa y alegrarme porque poco a poco va curándose y aprendiendo y explorando más allá. Quienes hemos padecido depresión y ansiedad nos reconocemos mutuamente y sabemos en qué consiste y qué no se nos debe decir aunque sea con buena intención. Ha sido un placer hablar con ellos y quedan en mi memoria, que para los seres humanos que atiendo diariamente es sorprendentemente buena.
Debemos aprender a querernos como queremos a nuestros amigos: sin juzgarlos. Debemos dar valor a las cosas que se nos dan bien, sea cocinar, limpiar o arreglar cosas; sea dar comprensión y cariño a los demás sin darnos cuenta. Todos tenemos dones, regalos involuntarios que damos cada día al mundo sin ser conscientes de ellos. Prestemos atención sin mirar demasiado atrás. Exploremos a través de bosques, montañas, costas y desiertos. Somos seres humanos: nacimos para eso. Que los bosques, las montañas, las costas y los desiertos sólo existan en nuestra imaginación no invalida en absoluto nuestro viaje.
Cierro el cuaderno de bitácora. Ahora me acostaré en la cama y dormiré profundamente mientras este submarino, este avión, este barco pequeño surca las olas del tiempo pausado en el que mi cerebro se recupera de todo lo vivido, todo lo escuchado y olido y visto, y hace una selección de lo importante, lo muy interesante, lo casi interesante, y tira a la basura todo el resto al margen de mi voluntad. ¿Y si algunas noches me resisto a acostarme precisamente porque no estoy seguro de lo que mi propio cerebro hará desaparecer durante el sueño? Pero ahora estoy muy cansado y me rindo como cada día. Este es el ciclo. En otro lugar amanece ahora. En otro lugar despiertan.
Anotado por Jesús Miramón a las 23:55 | 2019 , Diario , Vida laboral
miércoles, 25 de septiembre de 2019
Veinticinco de septiembre
Esta noche hemos cenado de aquella manera, cada uno por su cuenta y a deshoras, sin juntarnos: pan con tomate, fuet, queso, jamón. A las once y cuarto ha venido Carlos, nuestro hijo de veintidós años, y ha preguntado: ¿qué hay para cenar? Le he dicho: no hay nada, pica-pica. Jó, ha dicho, esperaba que hubieseis cocinado algo. Lo siento, le he dicho, no teníamos ganas, pero puedes hacerte tú lo que quieras. Ha abierto la nevera delante de mí y ha pronunciado la siguiente palabra: "supervivencia". Me ha hecho mucha gracia. Así es, le he dicho, pura supervivencia en esta isla desierta. Y antes de regresar frente a esta página en blanco le he dicho también: recoge todo lo que ensucies, ¿vale? ¡Y pon en marcha el lavavajillas!
martes, 24 de septiembre de 2019
Veinticuatro de septiembre
Se me cierran los ojos. En el trabajo hemos regresado al horario de invierno y los martes atendemos al público, además de por la mañana, también de cuatro a siete de la tarde. Si de normal salgo reventado, los martes me arrastro hasta mi casa. La edad pasa factura, y las ocho intensas horas de atención directa a los ciudadanos, y el anochecer temprano al salir a la calle.
Ojalá sueñe con caballos, con barcos, con naves espaciales, con las cosas que me gustan. Y si no sueño con ellas que mañana no recuerde nada pero despierte limpio mentalmente, descansado, a punto para una nueva etapa de mi viaje. Ahora, casi desnudo, tras el siguiente punto y final depositaré mi gran, gran cabeza en la almohada, y desapareceré.
lunes, 23 de septiembre de 2019
Veintitrés de septiembre
Me angustia pensar en la navidad. Y no porque este año la celebremos en mi casa: disfruto cocinando para las personas que quiero, pero cada año que pasa odio más la navidad. No la necesito y no me produce absolutamente ninguna ilusión. Ninguna. Y tanto es así que ahora, cuando todavía no ha terminado septiembre, ya comienza a darme manía.
No aludiré a la fiesta del consumismo desbocado, etcétera, no. Es el conjunto. Las luces en las calles, los adornos, los putos villancicos, los belenes. Añoro un futuro, si añorar el futuro es posible, en el que mi compañera y yo podamos no celebrar la navidad y retirarnos durante esos días a una pequeña casa rural en el bosque sin comida especial, sin regalos ni noticias navideñas, sólo días normales en los que pasear y dormir a rienda suelta y nada más.
¿Que por qué no lo hacemos ahora? Es fácil de comprender: por amor, porque mis padres viven. Ellos crecieron en la terrible posguerra civil española y en sus vidas la navidad es un acontecimiento muy importante. Da igual que nos reunamos tres o cuatro veces al año toda la familia: la navidad es la navidad y debe celebrarse. Mientras ellos permanezcan en este mundo, y espero que sea durante muchos años, acataré sus tradiciones porque les amo. Y al escribir esto lo cruzo con lo que escribí en el párrafo anterior: "Añoro un futuro", y algo se rompe en mi corazón al darme cuenta de que en ese futuro ellos no estarán. No añoro su ausencia, lo haré en su momento o quién sabe, tal vez otros me añoren a mí. Es difícil escribir sobre estas cosas sin contradecirse o enredarlo todo sin querer, pero creo que se entiende lo que quiero decir, a pesar de mis limitaciones para hacerlo.
El caso es que esta tarde he pensado en la navidad sin venir a cuento, en su relativa cercanía, y me he angustiado un poco. Sólo me calmará pensar los menús y, sobre todo, cocinarlos. No me complicaré la vida, somos demasiadas personas. Eso sí, en honor a mi madre los fritos -calamares a la romana, empanadillas, croquetas- no faltarán. Las navidades de mi familia son imposibles sin ellos.
domingo, 22 de septiembre de 2019
Veintidós de septiembre
He bajado la basura a los contenedores hace un momento. No había nadie en la calle. He hecho tres o cuatro fotografías sin flash, me gustan mucho las fotografías nocturnas sin flash, casi siempre. Los ginkgos de la otra acera ya tienen frutos, son absolutamente redondos y de color crema. Poca agua en el río y muchas algas agitándose en dirección al mar. Hierba crecida en las riberas. No he visto murciélagos. Los pájaros duermen en la pequeña espesura que crece al otro lado. Por las mañanas, al salir el sol, organizan una ruidosa algarabía que, mientras me da rabia por despertarme, alimenta poderosamente mi esperanza. Pero ahora, cuando la noche inicia su viaje, he vuelto a casa, he venido a esta habitación, me he sentado frente al portátil y he escrito: "He bajado la basura a los contenedores hace un momento", y después todo lo demás.
sábado, 21 de septiembre de 2019
Veintiuno de septiembre
Agradezco a los dioses de la lluvia, el pan, los charcos después de la lluvia; agradezco a los dioses de las duchas y el sexo y las lubinas a la plancha, y también a los dioses del whisky y la siesta y la ignorancia, que hoy no haya sucedido nada especial. Un sábado tranquilo y casi aburrido. Ojalá pudiera firmar un contrato con todos ellos, y me he dejado centenares de dioses, por no decir miles, que me aseguraran que el resto de todos los sábados de mi vida, no digo ya todos los días de la semana, sólo los sábados, serán tan tranquilos y sin noticias como el de hoy. Mi alma agradece la nada más que a todo.
viernes, 20 de septiembre de 2019
Veinte de septiembre
Hay algo un poco ridículo en esta idea mía de escribir un diario. Y tan ridículo como antiguo, porque los escribo desde que era adolescente: tengo una caja llena de cuadernos que, probablemente, nadie leerá nunca. O tal vez sí, mis hijos, antes de vender la casa, como en las películas. No sé.
A un amigo músico y fotógrafo a quien hace mucho tiempo que no veo, pero eso tiene solución, siempre le decía que lo que más temía de esta experiencia de escribir con lectores eran dos cosas: no caer en la cursilería y, sobre todo, resultar pertinente. Escribir cada día algo pertinente es, como mínimo, tan difícil como hacer cada día una fotografía pertinente. Y por pertinente, en ambos casos, me refiero a que signifiquen algo, que tengan cierto sentido y, sobre todo en lo escrito, cierta claridad y elegancia.
No voy a engañarte: no me siento orgulloso de todo de lo que he escrito a lo largo de mi vida, pero sí de muchos textos, sí de mi oficio, sí de una voluntad que existe desde que cumplí doce años. A estas alturas ya sé que nunca seré un escritor profesional, pero por suerte no lo necesito y, un defecto a añadir a muchos otros, carezco de ambición.
Todo está bien. Mis cuadernos y libretas que abarcan desde mis dieciséis años hasta que nacieron los blogs sobrevivirán más que estos últimos. Están guardadas en alguna parte, en alguna caja. Incluso durante el servicio militar, que cumplí con dieciocho años, escribía un diario en mis ratos libres. Este blog desaparecerá el día que colapsen los satélites y toda la tecnología que no existía entonces sufra un apagón.
Y cuando pienso en esa posibilidad caigo en la cuenta de que importa bien poco. Leí hace años que en un vertedero del Egipto antiguo se había encontrado la carta enviada a su madre y su hermana por un legionario egipcio desde las fronteras de Germania. Les reprochaba que no le hubiesen escrito y no se hubieran preocupado de si estaba bien o si había muerto. Recuerdo que al leerlo pensé en el viaje que esa carta había hecho desde Germania hasta Egipto, y en cuántas no podremos leer jamás. Cartas, diarios, poemas. El tiempo es largo y un parpadeo al mismo tiempo. Si escribo cada día lo hago para cumplir mi propósito de este año dos mil diecinueve y te aseguro que no es fácil, sobre todo cuando tu mayor temor es que tus palabras sean no pertinentes, no significantes, inútiles y cursis. Pero navegar es esto: seguir adelante a pesar de todo.