lunes, 18 de abril de 2011

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Con la llegada de la crisis y la presencia de inmigrantes de países más pobres que el nuestro no es extraño ver hombres caminando por el arcén de la carretera, yendo y viniendo de un sitio a otro. Y no es que hagan autoestop, no, ni siquiera se giran a mirar los coches que les adelantan o se cruzan con ellos, sencillamente utilizan el medio de transporte más barato que tienen a su alcance, como hacían en su país. Los observo desde el interior de mi coche y pienso que hay algo profundamente humano, inocente, virtuoso, en el hecho de viajar así, el cuerpo erguido avanzando paso a paso sobre la superficie de este planeta.

4 comentarios:

añil dijo...

Ciertamente la crisis nos afecta a todos pero siempre más a los más necesitados.

Un beso

Jesús Miramón dijo...

La crisis les está afectando especialmente, es verdad, no hay trabajo y los que ellos hacían porque nadie los quería, en agricultura por ejemplo, o en la construcción, ahora los están volviendo a hacer los españoles. Pero cuentan con sutiles ventajas que nosotros perdimos por el camino: necesitan muy poco para vivir y son fuertes, jóvenes casi todos, y después de haber atravesado el mar en una patera nada les arredra. Tampoco, desde luego, caminar para llegar a donde tengan que ir. Un beso.

NáN dijo...

Estarán jodidos (pensando cómo ganar algo que puedan enviar a la familia). Pero caminar les da una ventaja importante (no sé categorizarla) sobre nosotros. ¿Quizás una santidad laica?

Jesús Miramón dijo...

¡Exacto, Nán, por ahí van mis tiros, por eso vino a mi cabeza la palabra «virtuoso»! Caminar durante un hora para ir a trabajar y otra hora para volver a casa entre Binéfar y Monzón (9 kilómetros) cada día y ahorrarse, qué se yo, diez euros porque así pueden enviarlos a su casa cada semana, donde son una pequeña fortuna, es indudablemente una ventaja sobre nosotros, que sufrimos porque no nos podemos cambiar de coche o actualizar nuestro guardarropa. Pero es que además yo, que les trato cada día, puedo asegurar que en muchos de estos jóvenes africanos de Gambia, de Mali, de Senegal, he encontrado una dignidad sin artificio difícil de encontrar entre mis compatriotas. Admiro sinceramente su modo de vivir el presente con resistencia y esperanza, admiro sus ganas de hacer las cosas bien. Sí, les admiro. Y cuando les veo andar por la carretera entre Barbastro y entre el polígono industrial (4 kilómetros) con paso decidido y la cabeza alta les admiro también.