lunes, 25 de abril de 2011

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Yuri Gagarin subió a su esfera de acero, dijo "Allá vamos" y fue disparado hacia el espacio exterior. Era el primer ser humano en hacerlo e ignoraba si su cerebro se convertiría en fosfatina dentro de su cráneo o la nave estallaría en mil pedazos, pero lo que sucedió fue que subió y subió dejando atrás el planeta y, tras atravesar la delgada linea que divide la atmósfera del cosmos, se encontró de pronto flotando en medio de un extraño silencio. En el ojo de buey la tierra allá abajo parecía una canica de vidrio de colores donde predominaba el azul, más hermosa de lo que nunca hubiera imaginado. Fue entonces cuando sonrió por primera vez desde el comienzo de la misión, algo que no dejó de hacer durante los ciento nueve minutos que duró el vuelo. De regreso a casa la cápsula se desvió unos cuantos kilómetros del lugar previsto para el aterrizaje y Yuri Gagarin, tras salir despedido de la nave, descendió lentamente con su paracaídas sobre el campo de patatas de Anna Tajtárova, quien al observar su traje de color naranja y el casco blanco le preguntó: «¿Vienes del espacio?». «Sí», contestó él sacándose la escafandra, «pero no se preocupe, soy soviético». Una gran sonrisa iluminaba el rostro del hombre más valiente del mundo.

2 comentarios:

fa mayor dijo...

Muchas veces he tratado de imaginar lo que se debe sentir viendo tu mundo(físico) frente a tus ojos, de un tamaño tan pequeño y tan tan lejos, desde la oscuridad del espacio. Supongo que, claro, hasta llegar allí hay tiempo para irse mentalizando y preparándose en gran medida. Pero en cualquier caso, la contemplación de tal espectáculo y la experiencia en sí, tienen que ser sobrecogedoras.
Un abrazo,
Manoli.

Jesús Miramón dijo...

Y eso que nosotros conocemos esa imagen, la hemos visto en documentales, películas y fotografías, forma parte de nuestra iconografía humana, pero Gagarin fue el primero, no tenía, visualmente, la información que tenemos ahora, su experiencia tuvo que ser alucinante. Un abrazo.