miércoles, 20 de febrero de 2019

Veinte de febrero

Cada vez que escucho las canciones de la época dorada de Sinead O'Connor me recuerdo en la autopista viajando entre Zaragoza y Gerona y viceversa. Fue después de la excedencia de un año que tomé para cuidar de mi hija recién nacida. Los domingos me despedía de mis dos chicas y me alejaba de ellas. Mientras viajaba ponía las cintas que me iban a acompañar en el asiento del copiloto, y, en aquella época como ahora, me gustaba mucho la música de Sinead. Hablo de mil novecientos noventa y tres. Atravesando el desierto de los Monegros sonaban sus canciones dentro del coche y aliviaban mi tristeza para transformarla kilómetro a kilómetro en una especie de placer. Este proceso, que todos conocemos, es extraño si uno lo piensa, pero no quiero analizarlo demasiado, forma parte de nuestra condición humana. La pasión de la nostalgia, el consuelo de la tristeza, la felicidad de sentir. Quién no se ha restregado ronroneando como un gato contra la pena y el dolor.

Cuando alcanzaba la ciudad de Gerona sentí muchas veces la tentación de seguir acelerando sin tomar el desvío, conducir hasta Francia, hasta Italia, hasta Siberia. Ya había olvidado el amor, todo, ya era otra cosa, un piloto dando la vuelta al mundo, el adolescente que casi siempre seguimos siendo los hombres adultos. Bueno, al menos yo, algo de lo que no me enorgullezco especialmente.


2 comentarios:

andandos dijo...

Está por hacer un estudio sobre cómo cambia el ánimo al conducir según qué música escuchamos. Si escuchamos, que esa es otra. Creo que te entiendo. Sospecho que estás entrando en esa etapa en la que recordamos vivamente nuestro pasado. Te llevo, creo, unos cinco años. En fin.

Un abrazo

Jesús Miramón dijo...

Yo, cuando conduzco solo, sin nadie corrigiendo exámenes a mi lado, siempre pongo música. A veces clásica y a veces... iba a escribir moderna pero ya no demasiado. ¿Es moderno Silvio Rodríguez? ¿Sinead? ¿U2?

Ay, me llevas cinco años pero estamos en la misma zona. Y no pasa nada. Lo importante es intentar averiguar de qué va todo esto, esta inmensidad diminuta.

Un abrazo.