lunes, 7 de enero de 2019

Siete de enero

Al poco de llegar a Barbastro desde Zaragoza, comiendo mientras nuestra hija de veintiséis años volaba hacia el Norte, Maite ha recibido un mensaje comunicándole que su prima N., muy enferma, había empeorado. Hemos recogido la vajilla y hemos ido a Huesca, al hospital. Sólo ha subido ella porque a mí no me conocen mucho y también porque en determinadas situaciones la mejor elección es ser invisible, a menos que te digan explícitamente lo contrario. Hay momentos vitales de una intimidad difícil de ser expresada y comprendida.

La prima hermana de mi mujer se muere. El puto cáncer de los cojones. Tiene nuestra edad y dos hijos de la edad de los nuestros. Cuando regresábamos a casa, ya de noche, Maite me ha dicho que su prima, a la que está muy unida, sobre todo en los últimos tiempos, le ha apretado fuertemente la mano repitiendo su nombre: Maite, Maite, Maite. He llorado. ¿Sólo somos esto? ¿Cómo puede creer alguien en ningún dios? ¿Qué justicia divina justifica que una buena persona muera a los cincuenta y cinco años después de no haber hecho jamás daño a nadie? Me cagaría en dios si creyera en su existencia pero, como no creo, ni esa opción me queda.

¿Sólo somos esto? Sí, ni más ni menos. Sólo esto: risas, lágrimas, amor.

1 comentario:

giovanni dijo...

... y dolor, pena.

Un abrazo