martes, 1 de enero de 2019

Uno de enero

A lo largo de mi vida he cometido muchos errores; miles, millones de errores: todos los posibles: los míos y con ellos todos los de quienes me precedieron sobre esta tierra desde el principio de los tiempos.

Probablemente en este mismo instante, mientras tecleo estas palabras, mantengo viva tan antigua tradición.

Pero comienza un nuevo año. Se llama 2019 en este hemisferio del planeta, una convención como cualquier otra y tan útil para mis intereses como cualquier otra, y sí, me hace ilusión, porque 2019 es mi próximo horizonte y, permíteme la familiaridad, también el tuyo.  Y además porque me gusta cómo suena al oído: dos mil diecinueve. Me gusta mucho. Dos mil diecinueve.

Evidentemente desde el ya lejano y remoto dos mil dieciocho que dejé atrás hace apenas un momento yo no he cambiado nada, y las mismas cosas, buenas y malas, me seguirán sucediendo o, para ser más exactos, a menudo no sucediendo; y añado: las mismas cosas, buenas y malas, seguiré cometiéndolas a menudo a mi pesar (y entiendo que este último detalle sea difícil de comprender para quienes poseen el poder infinitamente envidiado de controlar lo que quieren o no quieren hacer con sus vidas).

Me arrodillo metafóricamente ante mi propia confesión y no sé si reír o llorar, aunque una cosa sé con absoluta seguridad: en este dos mil diecinueve que ahora da sus primeros pasos reiré y lloraré, reiré y lloraré.